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Editorial:

Batasuna la nueva

Para ser tomada en serio deberá probar su desvinculación de ETA y está en su mano hacerlo

Otegi fue absuelto el jueves de un delito de enaltecimiento del terrorismo por considerar no probado que fuera personalmente responsable de los actos ilegales producidos en el mitin de 2004 en el que presentó una propuesta de final negociado de la violencia. Un día antes, el Tribunal de Estrasburgo volvió a avalar la ley de partidos al ratificar la anulación de listas con las que Batasuna trataba de participar en las elecciones de 2007. Ambos hechos se producen en medio del aparente pulso entre ETA y Batasuna por dirimir quién manda en ese mundo.

La banda no acaba de declarar el alto el fuego verificable que le pide Batasuna, pero tampoco niega que vaya a hacerlo. El hecho de que lo esté consultando entre veteranos en el retiro podría indicar que su cúpula está dividida. Ese retraso condiciona a su vez la estrategia de Batasuna, forzada a multiplicar las iniciativas tendentes a acreditar su desvinculación de la banda, a fin de poder participar en las elecciones de mayo. Pero son iniciativas cautelosas para evitar una ruptura formal con ETA y el pasado compartido con ella.

La última novedad ha sido el anuncio de que se proponen presentar un nuevo partido con unos estatutos que respeten la ley de partidos. Si no lo han hecho ya es porque esperan poder hacerlo después de ese hipotético compromiso de ETA, como aval de esos nuevos estatutos. Pero como no acaba de llegar, van avanzando posiciones, tal vez para presionar a ETA.

La desconfianza con que los partidos democráticos, incluyendo el PNV, acogen esos movimientos está justificada por los antecedentes. A diferencia de Aralar, Batasuna ha convertido en papel mojado sus compromisos con las vías exclusivamente políticas cada vez que ETA ha vuelto a matar; y ha intentado repetidamente burlar con triquiñuelas la ley de partidos para colarse en diversas elecciones.

Para que un partido impulsado por Batasuna sea legal tendrá que convencer a los tribunales de que ha cesado la causa de su ilegalización: su vinculación a ETA. El Constitucional estableció en su momento el criterio de que un indicio de la sinceridad de la ruptura sería la condena inequívoca de ETA. Pero que no acaben de hacerlo de manera clara (ahora hablan de "rechazo de la violencia y la amenaza de usarla") explica el escepticismo del Gobierno: o consiguen que ETA lo deje, o ellos dejan a ETA.

Sería absurdo negar los cambios en marcha en ese mundo, pero también lo seria ignorar que ha sido la firmeza y exigencia de los partidos democráticos lo que ha hecho que digan hoy cosas que habrían sido impensables hace un año. Se trata por tanto de encontrar un equilibrio entre esa firmeza, de nuevo avalada por Estrasburgo, y la conveniencia de mantener el principio de que la prohibición es una medida excepcional que puede decaer si hay garantías de ruptura real con la banda, con lo que pueda hacer y con lo que ha hecho con la complacencia de su brazo político: más de 800 asesinatos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2010