Cartas al director
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2010, una odisea en el metro

No sé cómo se llamará el fenómeno, seguro que tiene nombre: la repulsión que te produce un eslogan publicitario cuando el producto anunciado te ha jugado una verdadera mala pasada. Y mira que se gastan dinero los de la empresa pública Metro en anuncios. Es tanto lo que se gastan que se deben de haber quedado sin presupuesto para el mantenimiento de los ascensores. Solo superado, todo hay que decirlo, por las rampas de los autobuses de la EMT.

A las diez de la mañana del pasado 3 de noviembre me daba la vuelta en la plaza de Cristo Rey con mi coche adaptado en el que viajaba de pasajero mi hijo Diego, 22 años y en silla de ruedas. Era imposible aparcar en ninguna parte. No pasa nada. Teníamos tiempo para acudir a una cita médica en la Fundación Jiménez Díaz. Regresé a casa, dejamos el coche y nos fuimos en Metro. Lacoma-Islas Filipinas, línea 7, siete estaciones y el hospital a la vista. En Islas Filipinas surgió el primer escollo. El ascensor de salida a la calle no funciona. Lo mejor fue la recomendación del señor de la taquilla. Que tiráramos por las escaleras. Decidimos no llamar a los bomberos. No pasa nada, se vuelve a la estación anterior, Guzmán el Bueno, y desde ahí un paseíto. No me lo podía creer, el ascensor del andén fuera de servicio. Al lado, el anuncio de la arquitecta que llega puntual gracias a Metro. Tocaba retroceder otra casilla. En Francos Rodríguez la caminata era de órdago. Nos vinieron a buscar y llegamos a nuestra cita con hora y media de retraso. El médico allí estaba y nos atendió de maravilla. Menos mal.

De vuelta, con una mañana deslumbrante, le propuse a mi hijo llegar hasta la estación de Canal, la siguiente a Islas Filipinas, presentar la hoja de reclamaciones que nos habían proporcionado a la ida y volver a casa. Esto sí que fue bueno. Presentamos la queja a la taquillera, piqué dos billetes. ¡No me lo puedo creer! El ascensor de Canal tampoco funciona. Van tres y seguidos. Y la taquillera sin avisar. Jurando en arameo vino a socorrernos un señor con un walkie que llamó a un señor uniformado de seguridad. Con esa ayuda y pensando que al menos era bajar, llegamos al andén, estrechamos efusivamente las manos de nuestros benefactores y rezamos a todos los dioses para que el ascensor de Lacoma siguiera en funcionamiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 26 de noviembre de 2010.

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