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Crítica:

Prostitución en la familia

En una de las frases más recordadas de sus visionarios Cantos de Maldoror, Isidore Ducasse, autoinvestido Conde de Lautreamont, propugnaba introducir "la prostitución en el seno de las familias", dentro de un discurso que prolongaba el ímpetu transgresor de la literatura del Marqués de Sade y preludiaba la revolución del surrealismo. En su última película, un nuevo paso en su proceso de integración en los cauces de la narración clásica, Atom Egoyan parece partir de la misma idea para acabar demostrando que, cuando hablamos de sexo (o pornografía), en el fondo siempre estamos hablando de otras cosas.

En Chloe, una ginecóloga (Julianne Moore) en probable estado de frigidez posromántica, contrata a una prostituta (Amanda Seyfried) para averiguar si su marido (Liam Neeson), un profesor universitario con especialización académica en el mito de Don Juan, le es infiel. Un material que se diría, en suma, sacado de una novela libertina dieciochesca o de una comedia de la Restauración, pero que, en realidad, procede de una película francesa: Nathalie... (2003), de Anne Fontaine, en la que Fanny Ardant, Emmanuelle Béart y Gérard Depardieu encarnaban los vértices del triángulo.

CHLOE

Dirección: Atom Egoyan.

Intérpretes: Julianne Moore, Amanda Seyfried, Liam Neeson,

Max Thieriot, R. H. Thomson.

Género: drama. Canadá, 2009.

Duración: 96 minutos.

Lamenta este crítico no conocer de primera mano el referente original para poder discernir qué se ha ganado o se ha perdido en el trasvase. Lo cierto es que Chloe, con guión de Erin Cressida Wilson -autora que ya había explorado los claroscuros del deseo junto al director Steven Sheinberg en la soberbia Secretary (2002) y la más bien ridícula Retrato de una obsesión (2006)-, parece un proyecto cortado a la medida de Egoyan. De hecho, Chloe podría ser el reflejo en un espejo plano de Exótica, esa película en la que un espejismo de perversión ocultaba una historia de redención para corazones heridos.

El cineasta rueda Chloe con un prodigioso control de su frialdad expresiva: incluso la caricia más sutil se inflama de carnalidad y Julianne Moore aparece aislada, casi en cada plano, en composiciones que podría haber diseñado Antonioni. La película acaba hablando, en el fondo, de la búsqueda de bálsamos espirituales en los abismos del deseo. Y, como hacía Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo en un registro radicalmente distinto, culmina con la revelación de que los cimientos de toda felicidad conyugal (o familiar) se asientan sobre el sepulcro de una fantasía erótica que ha tenido que ser aniquilada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 26 de noviembre de 2010