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Entre el soberanismo y la 'conllevancia'

"Hechos, no palabras", decían los socialistas catalanes en la anterior campaña electoral. Con un candidato, Montilla, con poco carisma, la redención estaba en el trabajo bien hecho. Después de cuatro años de inauguraciones y realizaciones, ha quedado claro que los hechos, sin palabras, en política, rinden poco. Las encuestas insisten en augurar a los socialistas una derrota muy seria. ¿Por qué? Por la inestabilidad permanente del tripartito; por la crisis económica; por el desconcierto de la izquierda en general; por el desbarajuste del Estatut; pero, sobre todo, porque al despreocuparse de las palabras -es decir, de las ideas y de las propuestas- el PSC se ha convertido en el partido ni-ni. Ni una idea sobre Cataluña, ni una idea sobre España; ni del todo de derechas, ni exactamente de izquierdas; ni autónomo respecto del socialismo español, ni totalmente sumiso; y así sucesivamente. Su electorado se está esfumando, presa del desconcierto. Atención al voto en blanco.

Hace siete años, por fin, en Cataluña se dio la alternancia. Por voluntad de Esquerra Republicana, el eje de la política catalana se trasladó de la oposición identitaria a la oposición convencional derecha / izquierda. Dos legislaturas de la izquierda no han conseguido consolidar su hegemonía. Pero queda abierta esta pregunta: ¿después de las elecciones seguirá siendo derecha / izquierda la referencia política catalana? ¿O habrá sido una experiencia efímera para regresar al orden natural, con el nacionalismo moderado gobernando el país y los socialistas acantonados en sus cuarteles municipales, con sus ambiciones reducidas a ejercer de muro de contención del PP en las elecciones generales?

CiU ha demostrado su fortaleza en la travesía del desierto. Un partido que había sido creado en torno a una figura, el presidente Pujol, encarnación del nacionalista catalán medio, con el objetivo de gobernar una institución que de algún modo consideraba propia, tuvo que afrontar a la vez el cambio de líder y la pérdida del poder. Sin el imán del Gobierno, se auguraba que el conglomerado se descompondría rápidamente. Ha resistido. Y ha hecho, al mismo tiempo, el cambio generacional. Los que mandan hoy en CiU ya nada tienen que ver con el tardofranquismo y con la Transición. Sus referencias culturales y mentales son de quienes han vivido y han sido formados en democracia y en la nueva escuela catalana. De modo que, con Artur Mas, no regresará el pujolismo. El marco mental de los dirigentes de CiU es el soberanismo. Lo cual no impedirá que, por lo menos hasta las elecciones generales, los nacionalistas catalanes centren su actuación en la economía y en las reformas administrativas y sociales y den descanso al discurso identitario. Tarde o temprano, la voz soberanista aparecerá.

El vencedor estratégico del tripartito ha sido Esquerra, que ha visto cómo la independencia salía de la marginalidad y se convertía en una opción cada vez más transversal. Esquerra lo pagará en las urnas, porque ha perdido el monopolio de la independencia. Y porque, como decía uno de sus dirigentes, "la gente nos ve tan cutres que hasta para hacer la independencia prefieren a CiU, que no la hará nunca". Al elegir a un charnego como presidente catalán, Cataluña ganaba amplitud como nación. Paradójicamente, los siete años de tripartito han significado un salto importante en el proceso de construcción nacional catalana.

Las cifras de referencia son tres: 53, 60 y 50. Si CiU saca menos de 53 diputados, probablemente el tripartito sumará. Y si suma, por mucho que Montilla haya dicho lo contrario, repetirá. Si CiU supera los 60, podrá gobernar en solitario, con acuerdos puntuales a un lado y otro. Si se queda en la franja entre 53 y 60, la partida se complicará. Con dos posibilidades principales: que CiU gobierne con el apoyo del PP, desde fuera; o que el PSC garantice la elección de Mas y los dos grandes partidos se emplacen a después de las municipales, para organizar el reparto del poder. CiU evitará la coalición con Esquerra, la fórmula "más nacionalista pero menos nacional", en frase de Carod Rovira. El 50% es la barrera de participación. Por debajo de ella, el ridículo.

¿Después del fogonazo independentista de julio pasado, CiU volverá a ser el garante de que los debates identitarios se difuminen, una vez más, en la cultura de la conllevancia, como forma de statu quo, o los marcos mentales de las nuevas generaciones catalanas la empujarán hacia el conflicto soberanista? CiU, con el gobierno a la vista, ya no tiene prisa.

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