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Crítica:DANZA

Giselle al desnudo

Joven, moderna, vital y minimalista es la Giselle de Davi Dawson. Fue a principios de la pasada temporada cuando el público barcelonés descubrió a este joven y prometedor coreógrafo británico. Su pieza Faun (e ), con música de Debussy, fue incluida por el English National Ballet en el programa dedicado a los 100 años de los Ballets Rusos. En estas páginas apunté que ayer la modernidad era Fokin, hoy lo es Dawson. El británico ha roto los corsés que ceñían la danza clásica hace 100 años. Y tras asistir a esta moderna Giselle, no hay duda de que este artista se sitúa entre los primeros creadores de la danza actual.

Uno de los atractivos de esta versión es la nueva orquestación que David Coleman, al frente de la Orquestra Simfònica del Vallès, en el foso, ha realizado de la partitura de Adam. La total complicidad se evidencia en una musicalidad y un baile transparente, claro y diáfano. Dawson y Coleman han limpiado hasta la abstracción partitura y coreografía de todo lo superfluo, de lo que a lo largo de los años desde el estreno de Giselle, en 1841, se había ido añadiendo. El resultado es de una enorme pureza y belleza. La austera escenografía de Arne Walther y el sencillo vestuario de Yumiko Takeshima, que también interpreta a la protagonista en algunas funciones, subrayan la modernidad de la pieza. Esta Giselle se abre ante el público como una historia de amor actual, una historia cercana. Las obras de repertorio clásico pueden llegar a los jóvenes de hoy a través del talento creativo de de Dawson.

GISELLE

Semperoper Ballett. Coreografía de David Dawson. Música de Adolphe Adam. Natalia Sologub (Giselle), Jiri Bubenicek (Albrecht). Gran Teatro del Liceo. Hasta el 14 de noviembre.

Magnífica y dinámica la interpretación de cada uno de los bailarines del Semperoper Ballett. El trabajo coral es apabullante y el individual corta la respiración del espectador por el sentimiento que destila y por la cascada de fluido movimiento que motiva su baile. Las ricas frases coreográficas se encadenan a una velocidad de vértigo, creando un seductor contraste entre clasicismo y modernidad.

En el primer acto Dawson nos sitúa sin preámbulos en el triangulo amoroso que enfrenta a Giselle (Natalia Sologub), enamorada de Albrecht (Jiri Bubenicek), con Hilarión (Oleg Klymyuk). Los tres encarnan con soltura y virtuosismo técnico sus personajes. Jiri Bubenicek destaca sobre los demás. Es un apuesto príncipe que conjuga con maestría el gesto aristocrático con el contemporáneo. Los campesinos visten de tonos pálidos, mientras que los nobles van de negro y en el torso llevan tatuado un rayo.

En este acto, la escena de la flor de la versión clásica se obvia y en su lugar a lo largo de la obra caen pétalos de rosa en forma de lluvia. Pétalos que se vuelven rojos cuando muere Giselle. La belleza poética de las imágenes contrasta con la fuerza y energía del baile.

En el segundo acto de esta Giselle, las wilis pierden su fragilidad etérea en pos de la fuerza y decisión de la mujer de hoy. Con el rostro tapado por un velo blanco trasparente bailan con arrojo y sus grands jetés acarician el cielo. Soberbia estuvo Elena Vostrotina como reina de las wilis

Pocos han sido los coreógrafos que han salido airosos a la hora de realizar una versión moderna de un ballet clásico. Sólo Mats Ek con su esquizofrénica Giselle y Roland Petit con su varonil versión de El lago de los cisnes lo lograron. Ahora ya podemos incluir la moderna Giselle de David Dawson.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de noviembre de 2010