Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

De Entrimo al cielo de Buenos Aires

Argentina reconoce a un emigrante ourensano que fue pionero de la aviación

La vida de Manuel González daría para un guión de Hollywood si alguien se lo propusiese. En los tiempos en que un avión era tan insólito como ahora una nave espacial, este ourensano de Entrimo se convirtió gracias a sus habilidades mecánicas y a su afán de superación en uno de los pioneros de la aviación en Argentina, el país al que había emigrado en busca de mejores oportunidades.

Uno de sus nietos, Alejandro Callari, se ha propuesto sacar a la luz detalles desconocidos sobre la vida de su abuelo y se ha encontrado con sorpresas. Una de ellas fue al descubrir que González llevó en su avión durante un accidentado viaje al famoso cura de Beiro, o que entre sus hazañas figura la de ser el piloto del primer salto en paracaídas en tierras australes.

Aterrizaba en descampados para reparar el avión y volvía a despegar

Tuvo un accidente con el cura de Beiro, pero ambos salieron ilesos

González se marchó de Entrimo cuando apenas contaba 13 años de edad con el deseo de aprender mecánica en Argentina, entonces considerado un país muy avanzado en esta disciplina. Llegó a Buenos Aires en solitario y se convirtió en mecánico de automóviles. Sus conocimientos le permitieron ser uno de los primeros montadores de aviones en Argentina, ya que los aparatos llegaban desde Francia en cajas y apenas existían personas que supieran cómo montarlos. En la segunda mitad del siglo XX el mecánico ourensano ya se codea con ilustres de la aviación en aquel país, como Jorge Newbery, que hoy da nombre al aeropuerto de vuelos domésticos de Buenos Aires, o Angel María Zuloaga, creador de la Fuerza Aérea Argentina. González aprende a manejar las aeronaves y obtiene una de las primeras licencias de piloto del país. Su pericia le lleva a convertirse en instructor de vuelo, con alumnos civiles y militares.

El nieto de González ha investigado en los diarios de la época las aventuras aéreas de su antepasado y entre ellas hay curiosidades como el hecho de que fue el primer piloto que logró soltar a un paracaidista sobre Buenos Aires. Se trataba de otro español, Carlos Greco, y la hazaña se realizó el 19 de marzo de 1915 en Quilmes, zona sur de la capital. La acción era muy arriesgada porque los aviones de entonces eran frágiles, y al lanzarse el paracaidista se descompensaba el peso de la aeronave y podía caer. González, que pilotaba un biplano Farman, logró solucionar este problema. El espectáculo se realizó con éxito.

Otra de las curiosidades fue su encuentro en Buenos Aires con el cura de Beiro, una de las figuras más destacadas del movimiento agrario gallego. En septiembre de 1915, según se relata en una crónica de la época, González realizaba vuelos de exhibición durante un almuerzo de la colectividad española. Uno de los pasajeros fue Basilio Álvarez Rodríguez, el cura de Beiro. Durante el vuelo hubo un problema técnico y el avión acabó cayendo en lo que hoy es el barrio porteño de Barracas. Tanto piloto como pasajero salieron ilesos. González pudo seguir volando y el cura de Beiro acabó siendo una figura histórica del galleguismo.

Los accidentes con este tipo de aviones eran frecuentes. Callari explica que en sus conversaciones con mandos de las fuerzas aéreas argentinas, éstos todavía no pueden explicarse cómo González realizaba operaciones tan arriesgadas como aterrizar varias veces con su avión en medio de descampados durante un viaje para arreglar los desperfectos y seguir camino. "Los pilotos de entonces resolvían situaciones aparentemente imposibles. Hoy sería impensable que alguien pueda hacer lo mismo, si una avioneta hace un aterrizaje forzoso ahí se queda hasta que vienen a llevársela", explica Callari.

Durante un tiempo González compaginaba su pasión por los aviones con el trabajo como chófer para una familia acomodada de Buenos Aires y fue ese trabajo el que le permitió conocer a la que sería su mujer, Celia María Lavarello, con la que se casa en 1916. Pocos años más tarde se irían juntos a Entrimo. González se vio forzado a regresar por los problemas de salud de sus padres. A él todavía le conocen en su pueblo como "el piloto" y a su mujer como "la argentina", como tuvo ocasión de comprobar Callari durante un viaje que realizó a Entrimo hace unos años, donde recibió la acogida cariñosa de muchos familiares.

En un pueblo de Ourense de los años veinte la posibilidad de volar era prácticamente una quimera, pero el espíritu innovador de González no había muerto. Fue el creador de la primera línea de autobús que unió Entrimo y otros pueblos con la capital orensana. Murió en 1927, con 39 años, al parecer de una pulmonía. Nunca pudo regresar a Argentina. Su tumba todavía puede verse en el cementerio de la aldea de Ferreiros y sobre la lápida puede distinguirse la silueta de un avión. Simboliza un sueño que sigue vivo incluso después de su muerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de noviembre de 2010