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Editorial:

Mantener la presión

No basta con que Batasuna pida a ETA una tregua; debe conseguir que deje las armas

Los dirigentes de Batasuna han llegado a la conclusión de que sus objetivos son más fácilmente alcanzables por la vía política que por la terrorista. Por eso piden a ETA que decrete una tregua unilateral e incondicional, en términos similares a los empleados por Otegi en su reciente entrevista. También decía Otegi que la extorsión a los empresarios "debe desaparecer". Son palabras que hasta hace poco eran impensables en dirigentes que hablaban de "persuasión armada". Pero lo que no hacen es aplicar lo que tales palabras indican.

No es solo que se resistan a emplear el vocablo "condena" cuando se les pregunta qué harían si ETA vuelve a atentar; es que ni siquiera han considerado necesario solidarizarse, como los demás partidos, con el ex consejero socialista del Gobierno vasco José Ramón Recalde, víctima este pasado fin de semana, 10 años después de que ETA intentara asesinarle, de nuevas pintadas amenazantes. Tampoco han dicho nada sobre la nueva oleada de cartas de extorsión denunciada por los empresarios.

Hay un pulso entre Batasuna y la jefatura de ETA por determinar quién manda en la izquierda abertzale. Es un paso importante porque antes no había dudas al respecto: mandaban las pistolas y los otros acataban. Incluso cuando no estaban de acuerdo, como al parecer ocurrió en relación a la ruptura de la tregua con el atentado de la T-4. Y no hay duda de que ese paso no hubiera tenido lugar si el Gobierno hubiera hecho caso a las voces que después de Barajas le decían que nunca hay que romper del todo los hilos con los terroristas, con vistas a otra posible negociación.

Por eso, tan importante como los últimos pasos verbales de Batasuna es que, tras el encuentro entre Zapatero, Rubalcaba, López y Ares del sábado, todos los interlocutores concluyeran que deben mantener la política antiterrorista seguida desde la ruptura de la tregua de 2006, incluyendo el consenso forjado en torno a esa política. Lo mismo había dicho horas antes el nuevo ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui: "Hemos llegado a esto porque hemos estado unidos y los diferentes Gobiernos han hecho su trabajo en los últimos 10 años".

Ignorar que sí ha habido cambios en la actitud de Batasuna sería despreciar ese trabajo, en particular a partir de su ilegalización. Ha sido esa política la que ha puesto a los de Otegi ante el dilema que durante años trataron de esquivar: balas o votos, y no votos condicionados por las balas. Sería absurdo que, ahora que saben que tienen que elegir, se rebajase el nivel de exigencia democrática para que puedan participar en las elecciones. Decía Otegi que a Batasuna se le debían exigir las mismas garantías que a cualquier otro partido. Sin embargo, después de 30 años de beneficiarse de su parentesco con una banda que amenazaba y mataba a sus rivales políticos, tal igualdad solo podría establecerse tras la definitiva desaparición de esa banda; objetivo que nadie está más obligado a propiciar que Batasuna misma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de octubre de 2010