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COLUMNA

Lindo y querido

Desayunar chilaquiles rojos. O verdes, con pollo y un huevo frito encima. Recorrer un Zócalo invadido de libros y lectores. Encontrarme con amigos viejos y buenos, siempre cercanos, a despecho del Atlántico. Pasear por Coyoacán, por San Ángel, aunque el atasco dure más que el paseo. Comer jalapeños hasta enchilarme y dejar de sentir la punta de la nariz. Trasnochar y tequilear en Garibaldi, cantando a José Alfredo con un mariachi y, por la mañana, viajar a Michoacán, para rendirme a la deslumbrante belleza de Morelia.

Todo esto he hecho en la semana que llevo en México. Ser tan feliz como siempre y, además, intentar comprender. Lo primero implica que esta tierra hermosísima, intensa y acogedora, no es el infierno dantesco, incondicional, que abre los telediarios. Y sin embargo, la violencia que no veo, existe, arrasa, amenaza a un país que no se merece lo que le está pasando.

Hillary Clinton ha lanzado un mensaje apocalíptico, comparando la situación con los peores tiempos de Colombia, pero no le ha contado al mundo que los narcos mexicanos se abastecen en las más de 6.000 armerías que su Gobierno consiente al borde de los puestos fronterizos, por los que, a su vez, pasa la droga que consumen los norteamericanos. Calderón ha declarado una guerra que se ha cobrado ya más de 20.000 muertos pero, a pesar de esta monstruosa cifra, parece que tampoco afecta a todos los carteles por igual. El de Sinaloa pierde de vez en cuando traficantes de poca monta. Los peces gordos del cartel de Tamaulipas han ido cayendo, a cambio, uno tras otro, sin que nadie acierte a explicarse esta curiosa asimetría. En cualquier caso, gane quien gane, esta guerra la perderán los mexicanos. Evitarlo sería tan fácil como legalizar el consumo. La peor violencia, la amenaza más oscura, es que ningún líder político se atreva a proponerlo siquiera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de octubre de 2010