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COLUMNA

En manos del Club de los Suicidas

Desesperanza y suicidio son parejas de hecho. López Cuevillas, una de las inteligencias más vivas de la Xeración Nós, fue de los primeros en señalar que Galicia era un país con vocación suicida, proclive a negarse y a dejar de ser. También señaló las consecuencias de un triunfo del Club de los Suicidas: "En los años que han de venir veréis quizás decaer aún más nuestra cultura, perder terreno a nuestra lengua, confundir los perfiles de nuestro país hasta borrarse en la niebla que lo invade todo". Escribía en 1951 y había pocas razones para la esperanza. Con motivo de la promoción editorial de Todo é silencio, Manuel Rivas se desmarcó de los malos pronósticos que nos acompañan, insistió en la urgencia de hacernos un calendario de victorias y nos regaló una máxima confiada: "Galicia es vieja para suicidarse".

Es probable que nuestras instituciones de gobierno no sobrevivan a la incapacidad de Feijóo

Ojalá Rivas tenga razón. Quizás la sabiduría antigua del país sea el mejor tratamiento contra la tentación de borrarse como sujeto colectivo. La historia ofrece una visión menos tranquilizadora, las naciones no se suicidan, son sus gobernantes quienes las suicidan. En su Diccionario del suicidio, Carlos Janín hace un repaso de las celebridades de las letras y las artes que voluntariamente pusieron fin a su vida haciendo valer lo que Hegel llamó la última soberanía del Yo. Entre las más brutales incitaciones al suicidio, Janín recoge el testimonio del filólogo y periodista Victor von Klemperer que, en sus Diarios, recordaba las aterradoras visitas que la Gestapo hacía a los hogares judíos para dejar pistolas y animar a las familias a suicidarse. Ahora todo es mucho más sofisticado e incruento. Se requiere de nuestro voto dócil o de la apatía.

Núñez Feijóo y el jefe de su franquicia de demoliciones en A Coruña, Carlos Negreira, avanzaron que solicitarán el voto de los ciudadanos para suicidar el topónimo propio de la ciudad y, con la misma elegancia, acabar con los servicios públicos municipales. Un atentado contra la inteligencia y la historia liberal y tolerante de A Coruña, pero, desengañémonos, si suman papeletas suficientes van a convertir el delirio desnormalizador en ley suprema y mercantilizarán toda política social. La mayoría parlamentaria del PPdeG transformó a la Xunta en una maquinaría pesada de destrucción del país. Su acción de gobierno se presenta como la historia natural de la destrucción, de una destrucción mayoritariamente deseada, el reverso institucional de un suicidio colectivo.

No son las condiciones objetivas las que restan posibilidades a la necesidad de un cambio político, son las condiciones subjetivas las que, en la actualidad, limitan toda opción de cambio. Es la desafección y el desánimo de los electores progresistas y nacionalistas lo que favorece la consolidación de la hegemonía conservadora. Un futuro cambio político no depende tanto de la resistencia como de la resiliencia de la sociedad civil, de su capacidad para hacer frente a las adversidades y mantenerse en pie, con dosis de perseverancia, actitud positiva y acciones que permitan minimizar los impactos negativos de las políticas que niegan presente y futuro a Galicia.

El portavoz del BNG, Guillerme Vázquez, nos ofreció una visión amable del Ejecutivo conservador. Dijo que era un tapón para el autogobierno de Galicia. La versión pesimista dice que Feijóo no solamente tapona el progreso de nuestras capacidades políticas, las devalúa y las hace retroceder hasta la Preautonomía. Es probable que nuestras instituciones de gobierno no sobrevivan a su incapacidad y falta de iniciativa. La austeridad es la coartada perfecta para disculpar la incompetencia mientras los fabuladores mediáticos hacen de "eficacia" la palabra clave de la autovaloración de Feijóo. Advertido por Michel Rocard, nuestro presidente debería saber que lo que es inmoral acaba siempre siendo, además, ineficaz.

No es de extrañar que la preocupación comience a hacer mella en el PPdeG. La Galicia de los ríos de leche y miel y el gobierno resolutivo que se prometió el 1-M son ahora fantasmas que enturbian el sueño del cambio conservador. Se queja nuestro presidente de que tocó poder "en el peor momento de Galicia" y transpira dudas sobre la popularidad de su política. Ahora va de presidente víctima de la Gran Depresión: "Si soy útil a Galicia, aunque me cueste la presidencia de la Xunta, habré cumplido con mis obligaciones, y si no es así hubiera preferido ser prescindible". Todavía no comprendió que el papel de los gobernantes no es decirles a los ciudadanos lo difícil y lo mal que está todo. Feijóo camina con paso firme hacia su nominación como presidente prescindible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de octubre de 2010