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COLUMNA

Un noventón con mucho ajetreo

Hoy cumple 91 años el metro de Madrid. El 17 de octubre de 1917 fue inaugurada la primera línea, Cuatro Caminos-Sol, por los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Fue el primero que se construyó en España, poniendo a la capital a la altura de París y Londres. El medio de transporte más popular de la Villa nació con cierto tufillo clasista: había primera y segunda clase. Los precios de ida y vuelta eran de 0,30 pesetas en primera y 0,20 en segunda. La red se fue extendiendo con los años. En la actualidad hay 295 estaciones y tiene 284 kilómetros, la octava red del mundo en longitud. Es utilizado diariamente por cientos de miles de ciudadanos. Cuando se para el metro, Madrid se paraliza. La capital está viva gracias a este noventón fundamental.

Su existencia y avatares están relatados por numerosos cronistas. Destaca Madrid y el metro caminan juntos (editorial Rubiños, 1997), del profesor Francisco Azorín. Las entrañas de la capital están perforadas casi por completo, no solo por el metropolitano, sino también por la mastodóntica red de alcantarillado. El subsuelo es como otra ciudad fantasma en continuo movimiento, como un tremendo nido de hormigas, lo cual es un serio problema para cualquier tipo de obras públicas o privadas.

Queda muy poco espacio por debajo de nosotros. A pesar de todo, el metro es el medio de transporte de viajeros más entrañable, más cómodo y más rápido. Es una enseña de la capital, casi al mismo nivel que Cibeles o el Oso y el Madroño. Claro que no faltan los problemas provocados por averías o por problemas laborales. El metro es un espejo de lo que pasa arriba. En ciertas horas hay de todo, desde chorizos, carteristas y sobones hasta artistas ocasionales. Pero Madrid, sin metro, no sería Madrid. El metro es una bendición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de octubre de 2010