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Reportaje:BANDA SONORA

La foniatra del pop español

Miguel Ríos, Ana Belén, Andrés Calamaro, Alaska... Muchos conocidos intérpretes acuden a Lidia García para sacar lo mejor de sus voces

Nada más abrir la puerta de su piso-escuela, todavía en el vestíbulo, desliza con voz dulce: "Por favor, debes quitarte los zapatos. En la calle hay mucho plomo, por el tráfico, y resulta fatal para las cuerdas vocales". Obedeces, claro. Te quitas las zapatillas y, mientras las colocas en un zapatero de lona de colores colgado de la pared, te das cuenta de que ahí mismo han dejado sus calzados Miguel Ríos, Ana Belén, Antonio Vega, Leiva (Pereza), Cristina Llanos (Dover), Christina Rosenvinge, Antonio Flores, Josele Santiago, Leonor Watling, Rosario Flores, Andrés Calamaro, Víctor Manuel, Macaco, Luz Casal, Santiago Auserón, Ska-P, Alaska, Ana Torroja (Mecano)... y muchos más. Todos han puesto su bien más preciado (su voz) en manos de esta mujer menuda, afable, de maneras bondadosas y gestos suaves, que cuando habla transmite una inmensa paz. Se llama Lidia García, nació hace 65 años en Buenos Aires (Argentina) y desde hace 33 reside en Madrid. Ella es la foniatra de la música española, la persona que cuida y educa las cuerdas vocales de los cantantes más importantes. Si no llega a ser por sus enseñanzas, muchos discos que están en las estanterías igual no se hubiesen grabado. No lo decimos nosotros: lo aseguran los propios músicos.

"Los cantantes me cuentan todo, pero mis labios están sellados", dice García

"La mitad de la preparación es trabajo corporal", asegura la experta

Hasta que llegó Rosario Flores, ella trabajaba sobre todo con actores

"Si hubiera venido Bob Dylan le habría desgraciado la voz", ironiza

Dejamos atrás el zapatero y caminamos descalzos hacia una habitación (la habitación) donde los cantantes exponen sus miedos a Lidia. "Me cuentan de todo, pero mis labios están sellados. Sería un monstruo si les fallase", asegura. Es un cuarto de unos cinco metros cuadrados, de paredes blancas. Un gran espejo rectangular preside en vertical una de las paredes. Enfrente, una silla con un cojín de color rojo sangre. "La mitad de la preparación es trabajo corporal", justifica Lidia respecto al gran espejo. "El cantante se tiene que ver, trabajar con su cuerpo", añade. De la otra pared cuelga una pequeña pizarra (donde la maestra escribe indicaciones a sus famosos alumnos) y más de una docena de certificados de cursos, másteres, diplomas... Dejó la carrera de Medicina en tercero para cursar Fonoaudiología. Pero se dio cuenta hace poco de que la afición por las voces se la transmitió su madre. "Ella era una fanática de los cantantes. Estaba constantemente escuchando la radio", recuerda.

La escuela de Lidia es extremadamente íntima. Está situada en la calle de Diego de León y, en realidad, es un piso pequeño, de unos 60 metros cuadrados, donde no hay ni secretaria ni ayudante ni ningún otro personal. Solo ella. Todo empezó con Rosario Flores. "Era jovencísima. Todavía no había grabado su primer disco", señala. Antes había trabajado sobre todo con actores. Luego llegó el hermano de Rosario, Antonio Flores. "Me acuerdo de que venía con las manos en el cuello y me decía, sin apenas voz: 'Lidia, por favor, ayúdame, que mañana tengo un concierto y apenas puedo hablar", recuerda.

Un día de mediados de los ochenta apareció Luz Casal. Quedó encantada con el trato que le ofreció Lidia. En ese momento Luz hacía la gira de El rock de una noche de verano junto a Miguel Ríos. Así que Luz, recomendó a Ríos que visitase a Lidia, este se lo aconsejó a Ana Belén, esta a Víctor Manuel... y ya se fue corriendo la noticia entre los músicos: Lidia era la mejor.

Lidia nunca canta en sus clases. Lo hace solo para sus dos nietos, para entretenerlos. Dice que no sabe cantar. Irónico. Su conversación es agradable, instructiva. Ofrece frases que son lecciones: "A veces un pequeño defecto significa una voz personal"; "la voz hay que buscarla dentro, en el alma, es única"; "se puede cantar bien sin tener buena voz"; "si hubiera venido Bob Dylan de joven a mi escuela le habría desgraciado la voz, porque igual hubiese corregido su nasalidad. Y mira ahora, es mi favorito. Menos mal que no cayó en mis manos...".

Sus clases cuestan 75 euros la hora y dice que le llaman los cantantes personalmente: "Hola, soy Christina Rosenvinge y llamo para pedir hora". Lidia escucha atentamente sus discos y luego se pone a trabajar. Son docenas los discos en los que, en el apartado de agradecimientos, aparece su nombre. El último, el de Dover, que se acaba de publicar. "Damos las gracias a Lidia García... a nuestras familias y amigos", se lee en el álbum.

Lidia, que acaba de publicar un libro con sus conocimientos (¡Cantar!, Nuestras Voces), reconoce que hace unos días pasó su peor momento como profesional de la voz. Fue cuando se acercó su nieta pequeña, de cinco años (la otra tiene siete) y le espetó, descarada: "Abuela, yo quiero ser cantante. Tú me vas a enseñar, ¿a que sí?". Y entonces a Lidia se le escapó: "¡Ostras!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de octubre de 2010