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Apuntes

Idilio del Consell con la Universidad

La crisis y la debilidad de la economía valenciana, el 'caso Gürtel', y los relevos en los rectorados y la Consejería de Educación abren una nueva etapa de cordialidad

Las universidades y la Generalitat viven algo parecido a un idilio. Parece que ha pasado un siglo, pero hace solo dos años que los rectores advertían en voz alta que se dirigían al precipicio por la sequía de fondos. Y no hace mucho más desde que los campus se unieron como un bloque frente a la sorprendente idea del Consell de crear una universidad privada a costa del erario público (la VIU) cuando estas con muchas dificultades llegaban a fin de año.

No ha pasado mucho tiempo pero muchas cosas han cambiado. Se pactó el pago del gigantesco importe (900 millones) adeudado a las universidades. Estalló la crisis. La economía valenciana dio muestras de una debilidad peligrosa en el terreno de la I+D y la innovación. El caso Gürtel colocó a la Generalitat en una situación de gran fragilidad. Se firmó, después de negociaciones muy largas, el Plan Plurianual de Financiación. Hubo relevos en los rectorados. Al Consell se le declaró un incendio en la educación preuniversitaria. Las propuestas valencianas de Campus de Excelencia fueron rechazadas por el Gobierno. Y se produjo un cambio que las facultades consideran fundamental en el área de Universidad de la Consejería de Educación, con la salida del secretario autonómico Emilio Barberá.

Lo comentaba en verano el rector de la Politécnica de Valencia, Juan Juliá: "Pasamos de una época en la que te llamaban en plena noche para conminarte a que hicieras algo a una relación completamente distinta, muy fluida". Y lo confirmaba ayer otro dirigente universitario: "En aquella etapa vivíamos una hostilidad abierta, y ahora no hay hostilidad en absoluto, aunque ha sido gradual. El nuevo equipo trabaja para resolver problemas en vez de crearlos. Es la importancia del factor humano".

La crisis económica, que dejó a la vista las miserias del antiguo crecimiento económico valenciano, y la crisis política desencadenada por los casos de corrupción, tuvo como efecto imprevisto un acercamiento de la Generalitat a la Universidades. "Una fecha clave fue la visita de principios de septiembre del año pasado a la Generalitat para presentar el informe sobre el impacto socioeconómico de las universidades que había hecho el IVIE. La visita fue una bocanada de aire fresco para el presidente, porque en aquel momento estaba completamente aislado", añade el responsable académico.

"No sé si fue por razones políticas. Prefiero pensar que se trató más bien de que, de tanto repetir que la salida de la crisis debía ir por un cambio de modelo productivo, por una puesta por la I+D y la innovación, el Gobierno valenciano se ha convencido de que invertir en investigación y universidades es el camino", afirma Vicent Climent, rector de la Jaume I de Castellón.

Fuera como fuese, lo cierto es que Francisco Camps comprobó que las universidades eran un escenario amable en el que prodigarse. Podía atribuirse sus logros (el laboratorio espacial de la ESA por ejemplo) ya que el Consell es su principal financiador. Y podía aprovechar su frustración (el rechazo del Ministerio de Educación a los campus de excelencia) para reforzar su frente contra el Gobierno.

¿Y las universidades? Durante una época se sintieron el enemigo a batir y ahora se ven mejor tratadas. "Nosotros siempre, incluso cuando las cosas eran distintas, hemos querido tener buenas relaciones institucionales, como no podría ser de otro modo", señala el rector de la Universidad de Alicante, Ignacio Jiménez Raneda.

Están convencidas también de que actúan con la responsabilidad debida. Cuando entre en vigor el nuevo plan de financiación, aplazado a 2013, habrán pasado cinco años con el presupuesto congelado. Y ese periodo coincidirá con la adaptación de su estructura al nuevo marco del Proceso de Bolonia, que exigirá gastos en infraestructuras y personal. Es un sacrificio importante, pero en otras circunstancias quizá hubiera sido peor.

La revolución desde arriba

Vale que la crisis ha obligado a aplazar dos años la aplicación del nuevo Plan Plurianual de Financiación (PPF) -aunque la Generalitat ha conseguido parcialmente adelantar el rendimiento político del acuerdo para sincronizarlo con su urgencia electoral-. Vale que para entonces las facultades habrán pasado cinco años con los presupuestos congelados (en realidad ligeramente reducidos). Y vale que nada garantiza que estos últimos meses del año reciban la subvención ordinaria, lo que les obligaría a recurrir (de nuevo) a fórmulas de crédito para pagar los sueldos de los empleados. Pero el PPF proporcionará a las universidades (o así lo creen) algunas ventajas cruciales.

Primero: estabilidad (se acabarán las tensas reuniones contra el reloj a dos bandas, con Educación y con Hacienda, de cada noviembre) y capacidad para trazar su rumbo en un plazo superior a los 12 meses. Y segundo y quizá más revolucionario: la recepción de fondos en función del cumplimiento de objetivos permitirá a los rectorados lanzarse a la reforma interior, introducir como algo inevitable el cálculo de la productividad. "Las universidades valencianas, cuando traslademos ese modelo externo a nuestro modelo interno de asignación [de fondos] a centros, departamentos e institutos de investigación tenemos una justificación para primar, de puertas adentro, no únicamente la labor docente sino también las labores de investigación y transferencia, que tan importantes son a la hora de encabezar los principales rankings de universidades", afirma Máximo Ferrando, vicerrector de Economía de la Universitat de València.

La filosofía de cada plan de financiación, indica el rector de la Universidad de Alicante, Ignacio Jiménez Raneda, se ha ajustado a las necesidades que en cada momento ha tenido el sistema. El de principios de los años noventa atendió al principal fuego de la época: la popularización de la Universidad, y por ello el principal factor para asignar recursos fue el número de alumnos, que se había disparado bruscamente. El de ahora, sigue Raneda, atiende a las nuevas demandas que los gobiernos (y quizá los tiempos) les plantean: avanzar hacia la excelencia, transferir conocimiento y actuar como uno de los motores del cambio de modelo productivo.

El nuevo plan, aseguran, es bueno. Asumiendo que el inicio de las negociaciones coincidió con el principio de la crisis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de octubre de 2010

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