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Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

¿Y si aliamos agua y energía?

Estos dos elementos son tan necesarios como escasos: gestionarlos de manera coordinada supondría un importante alivio económico para nuestro país. Se multiplicarían los resultados y se ahorrarían costes

Aunque los desvelos por la crisis económica reducen la atención prestada a otros problemas, y a pesar del efecto balsámico de las abundantes lluvias del invierno y primavera pasados, la escasez de agua es motivo de inquietud para los españoles desde hace muchos años, especialmente en verano, y más aún, en épocas de sequía. Esa preocupación está más que justificada, ya que soportamos el mayor déficit hídrico de los países europeos continentales. Por otra parte, la generación de energía y sus efectos sobre el cambio climático son también motivo de inquietud social creciente.

Y el caso es que existe un estrecho vínculo entre estos dos recursos fundamentales: se precisan grandes cantidades de agua para producir energía, y se consume mucha energía para aprovechar el agua. Pero en muy pocas ocasiones se lleva a cabo una planificación conjunta de ambos. Evitar planteamientos y decisiones irracionales sobre el vínculo agua-energía podría suponer un alivio económico para nuestro país. Algunos ejemplos de errores de difícil solución y otros proyectos en los que aún estamos a tiempo de transitar por la ruta correcta, sirven para ilustrarlo.

En España, la gestión de estos dos recursos vitales está poco planificada y muy fragmentada

Derrochamos mucho dinero por no optimizar el uso de agua para producir energía y viceversa

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), un 22% del total de agua captada en nuestro país (unos 6.800 hectómetros cúbicos anuales, 11 veces la cantidad de agua consumida en la Comunidad de Madrid) se utiliza para refrigerar las instalaciones generadoras de energía eléctrica (los equipos necesitan ser "refrescados" para no deteriorarse). Tras ser utilizada, esa agua o bien se evapora (en un porcentaje aproximado del 5%), o bien regresa a la naturaleza con alguna "ligera" modificación: una temperatura sensiblemente superior a la de captación, esto es, con una significativa contaminación térmica. Pues bien, el INE no incluye esos 6.800 hectómetros cúbicos en las estadísticas que contabilizan la cantidad total de agua usada en nuestro país, pues únicamente contabiliza los usos urbano, industrial y agrícola.

Por otra parte, algunos estudios, pocos y siempre conservadores, calculan que un 10% del consumo de electricidad en España está vinculado a la gestión del agua (se necesita energía para su captación, distribución, tratamiento, riego, etcétera). Si a ello le añadimos el consumo energético para calentar el agua en nuestros hogares y centros de trabajo, las cantidades de energía eléctrica consumida en relación con el agua aumentan notablemente (en California, investigaciones muy minuciosas han estimado esa cantidad en un 19% del total).

A pesar de la estrecha relación entre estos dos recursos tan estratégicos y escasos, en nuestro país la responsabilidad sobre ambos ha estado y está repartida en diferentes ministerios (la gestión del agua depende del de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, y la de la energía, del de Industria, Turismo y Comercio), lo cual dificulta una planificación conjunta. Como consecuencia de esta desconexión surgen una serie de contradicciones, algunas de ellas con repercusiones que nunca se han explicado bien. Por ejemplo, España tiene una larga tradición en generar energía hidroeléctrica; desde los años 50 a la década de los 90 del siglo pasado, la potencia hidroeléctrica instalada se multiplicó por tres, de 5.000 a 16.000 megavatios, pero la "energía producible", no solo no se ha mantenido, sino que ha disminuido, oscilando a lo largo de esos años entre los 30.000 y 20.000 megavatios, pero tendiendo cada vez más a los 20.000. Grandes inversiones en infraestructuras no parecen haber dado lugar a beneficios razonables: tenemos mucha capacidad aparente para producir, pero la falta de estudios científico-técnicos previos y una escasa coordinación en la gestión hacen que no se den las condiciones hidrológicas para aprovecharla.

Actualmente encontramos vínculos agua-energía que, sin ponderar cabalmente las diferentes posibilidades, pueden dar lugar a resultados similares a los comentados para la producción hidroeléctrica. Nos centraremos en vehículos eléctricos, en la producción de hidrógeno y algún ejemplo de energías renovables.

Nadie cuestiona el coche eléctrico: evita humos y ruido en las ciudades, su uso disminuye la liberación de gases con efecto invernadero y, al precio actual de la electricidad, repostar resulta bastante más económico que con un vehículo convencional. Se pueden tener reservas sobre su coste, la autonomía y las dificultades para encontrar infraestructuras que permitan la recarga, pero a casi nadie parece preocupar su relación con el agua. Y sin embargo, son necesarios estudios que anticipen cualquier tipo de limitación en ese campo. Prácticamente la única información oficial disponible corresponde al proyecto Movele del Ministerio de Industria, que tiene como objetivo introducir el vehículo eléctrico, y prevé que para el año 2014 circulen ya unos 250.000 (por cierto, el estudio asociado al proyecto quizás sea en exceso optimista, pues compara consumos y emisiones de automóviles tradicionales, de diversas potencias, con uno eléctrico que tuviera solo unos 25 caballos). En todo caso, el incremento en el consumo eléctrico supondrá una mayor necesidad de agua de refrigeración, dado que se precisará un aporte extra de electricidad al sistema, y por tanto, las centrales que la producen necesitarán más agua para "refrescarse". Algunas estimaciones para EE UU cifran que para 2050, el 50% del total de coches circulando serán eléctricos, y otros estudios determinan que con el mix energético actual, esto es, si se tiene que usar agua para refrigeración de centrales termoeléctricas y nucleares en la misma proporción que se hace actualmente en aquel país, no se dispondría de suficiente cantidad de agua. Parece obvia la necesidad de contemplar estas variables en los estudios de prospectiva en España.

Sigamos con los vehículos verdes. Asumimos como un gran avance energético el uso de hidrógeno como combustible. Lamentablemente, no hay hidrógeno libre en la naturaleza, pero sabemos producirlo usando el agua como materia prima (en lugar de petróleo o gas natural), una práctica medioambientalmente correcta para manejar energía. Además de como materia prima, los sistemas de producción de hidrógeno, denominados electrolizadores, necesitan mucha agua para refrigerarse. En la hipótesis de que todo nuestro parque automovilístico se transformara en vehículos a hidrógeno, el uso de agua se duplicaría. O sea, no dispondríamos de agua suficiente.

Tampoco las energías alternativas se deberían librar de este tipo de análisis. Un ejemplo paradigmático sobre la obligación de calcular las necesidades de agua y cómo satisfacerlas, son los sistemas de generación solar termoeléctrica. Esta fuente de energía eléctrica tiene un prometedor futuro en España, con previsiones de alcanzar los 2.500 megavatios de potencia para 2013 (alrededor de un 2,5% de la potencia total instalada). La única tecnología totalmente desarrollada para producirla es la de "concentradores cilíndricos". Estos necesitan vapor de agua para mover las turbinas que generan la electricidad y agua para refrigerar todo el sistema. Pues bien, se necesitarían anualmente unos 29 hectómetros cúbicos de agua, equivalente al agua consumida por una ciudad de cerca de 300.000 habitantes, para hacer funcionar las instalaciones necesarias. Además, las plantas generadoras deben estar en lugares muy soleados y, por ello, casi siempre, en lugares con escasez de agua.

En resumen, la planificación energética no puede ir separada de la del agua: se debe optimizar el uso de agua para producir energía y viceversa. Si se dispusiera de una fuente ilimitada de energía, también el agua dejaría de ser un recurso escaso y al revés. A veces, la implicación del agua en la generación de energía se lleva al extremo de desviar la producción agraria a la obtención de biocombustibles. Estas prácticas pueden ser puntualmente útiles, pero nunca resolverán problemas a escala global. Algunos datos pueden ser ilustrativos, así, la energía ingerida por un ser humano como alimento supone de media alrededor del 7% del total de energía consumida por esa persona. Si no somos capaces de evitar las hambrunas, si no somos capaces de conseguir que la tierra y el agua aseguren ese 7% de la energía imprescindible para la vida, mucho menos podremos pensar que puedan contribuir de manera apreciable a evitar problemas de escasez energética.

Eloy García Calvo, catedrático de la Universidad de Alcalá y director de IMDEA-Agua, y su equipo acaban de obtener el premio de la International Water Association (IWA) a la innovación en la gestión sostenible de aguas urbanas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de octubre de 2010