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Crítica:

Corrupción automovilística

JAVIER OCAÑA

Los bajos fondos existen allí donde hay una forma de obtener dinero. En Argentina mueren 22 personas cada día en accidentes de tráfico. La estadística es tan dramática en el plano humano como estimulante en el económico. Hay mercado, hay negocio, hay chanchullos. Justo donde se sitúa Carancho, sexto largo de Pablo Trapero, enérgica mezcla de tragedia sentimental, intriga criminal y drama social.

Como el Paul Newman de la memorable Veredicto final (Sidney Lumet, 1982), el abogado que interpreta Ricardo Darín acude donde la carroña puede removerse. Newman, a funerales, donde entregaba su tarjeta a personas que solo necesitaban una caricia. Darín, a funerarias y hospitales, en busca de pleitos en torno a un semáforo en rojo o a una línea continua. Trapero, que de Mundo grúa a Leonera, de El bonaerense a Familia rodante, ha mostrado su gran capacidad para dibujar el círculo ambiental de sus personajes, aquí decide cerrar un tanto el encuadre y filmarlos en plano corto.

CARANCHO

Dirección: Pablo Trapero. Intérpretes: Ricardo Darín, Martina Gusman, Carlos Weber, José Luis Arias.

Género: thriller social. Argentina, 2010. Duración: 107 minutos.

Cámara en mano, con una luz tenebrista, Buenos Aires queda fuera de campo, en una penumbra de ruidos de sirenas, para que sean los rostros los que hablen de corrupción. De corrupción económica, pero también de corrupción moral. Como en el cine de Lumet, como en las primeras obras de su compatriota Adolfo Aristarain (La parte del león, Tiempo de revancha, Últimos días de la víctima), con las que Carancho comparte la intriga político-social, pero a las que no alcanza en la calidad de sus diálogos.

Puede que en el último tercio Trapero abuse del elevado coeficiente de posibilidades de sufrir un accidente de tráfico en Argentina, pero los dilemas morales, en los que irrumpe como tantas otras veces eso que lo disloca todo llamado amor, son los que comandan una acción filmada con tal rabia, con tal hiperrealismo, que los últimos dos minutos de película te dejan literalmente seco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de septiembre de 2010