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Tribuna:

Las cosas podrían ir peor

Los problemas actuales de Japón son los mismos que había en los años noventa, cuando usted escribía sobre ellos. Es deprimente". Eso afirmaba un economista con el que hablé. "Pero los japoneses no parecen tan deprimidos", objetaba otro. Ambos estaban en lo cierto, y la conversación hizo que cristalizaran algunos de mis pensamientos sobre la situación de Japón, y la de Estados Unidos.

Hace una década, Japón era sinónimo de políticas económicas fallidas; años después del estallido de su burbuja inmobiliaria, seguía sufriendo una deflación crónica y el crecimiento era lento. Luego le tocó a Estados Unidos tener su burbuja, su quiebra y su crisis. Y en estos momentos, el historial de Japón no le parece tan malo a un estadounidense.

Los estadounidenses se sienten decepcionados por la situación económica; pero la decepción es mejor que el desastre

Los demócratas deben defender la idea de que si los republicanos vuelven al poder, las cosas empeorarán de verdad

¿Por qué no? A pesar de todos sus fallos, la política japonesa limitó y contuvo el daño derivado de la quiebra financiera. Y ahora, en Estados Unidos la pregunta es si haremos lo mismo o si daremos un brusco giro a la derecha para seguir el camino hacia el desastre económico.

En la década de los noventa, Japón llevó a cabo un ensayo general de la crisis que golpeó a gran parte del mundo en 2008. Los bancos descontrolados alimentaron la burbuja de los precios de los terrenos; cuando la burbuja estalló, estos bancos se vieron gravemente debilitados, al igual que los balances generales de todos los que habían adquirido préstamos creyendo que los precios de los terrenos seguirían siendo altos. La consecuencia fue una prolongada debilidad económica.

Y la respuesta política fue demasiado pequeña y demasiado tardía. El Banco de Japón rebajó los tipos de interés y tomó otras medidas para acelerar el gasto, pero siempre iba por detrás de los acontecimientos y la deflación persistente se adueñó de la economía. El Gobierno apoyó el empleo con programas de obras públicas, pero sus esfuerzos nunca estuvieron lo bastante centrados como para poner en marcha una recuperación autosostenible. Se mantuvo a flote a los bancos, pero estos tardaron en hacer frente a las deudas de cobro dudoso y en volver a conceder préstamos. La consecuencia de una política inadecuada ha sido una economía que, hasta la fecha, sigue estando deprimida.

Pero el panorama no es del todo negro, sino más bien grisáceo. Puede que la economía de Japón esté deprimida, pero no está sumida en una depresión. La perspectiva del empleo se ha visto perjudicada, y hay un número cada vez mayor de freeters (jóvenes en situación laboral precaria) que pasan de un trabajo temporal a otro. Pero gracias a esos planes de creación de empleo del Gobierno, el país no sufre un paro masivo. La deuda ha aumentado, pero a pesar de las continuas advertencias sobre una crisis inminente, e incluso después de que los organismos de calificación rebajaran su categoría en 2002, el Gobierno sigue siendo capaz de adquirir préstamos a largo plazo a un tipo de interés de tan solo un 1,1%.

En resumen, el comportamiento de la economía japonesa ha sido decepcionante, pero no desastroso. Y teniendo en cuenta el programa político de la derecha estadounidense, es un comportamiento que quizás desearíamos haber imitado.

Al igual que sus homólogos japoneses, los responsables políticos estadounidenses respondieron inicialmente a la burbuja inmobiliaria y a la crisis financiera con medidas tímidas. Yo he lamentado ese hecho, pero, a estas alturas, es agua pasada. La pregunta es qué va a pasar ahora.

El obstruccionismo republicano hace que lo mejor que podemos esperar para el futuro inmediato sean medidas paliativas: un gasto adicional modesto como el del programa de infraestructuras que el presidente Obama ha propuesto esta semana, subvenciones a los Gobiernos estatales y locales para ayudarles a evitar más recortes radicales, ayudas a los parados para reducir el sufrimiento y mantener el poder adquisitivo.

Aun con esas medidas, tendremos suerte si nos va tan bien como a Japón a la hora de limitar el coste humano y económico de los males financieros de la economía. Pero no está ni mucho menos claro que vayamos a conseguir siquiera eso. Si los republicanos van más allá del obstruccionismo y empiezan a dictar realmente la política -cosa que podrían hacer si logran una victoria aplastante en noviembre-, nos encaminaremos hacia un comportamiento económico que hará que Japón parezca la tierra prometida.

Resulta difícil exagerar lo destructivas que serían las ideas económicas planteadas a principios de esta semana por John Boehner, líder de la minoría en la Cámara de Representantes, en caso de que se pusiesen en práctica. Básicamente, propone dos cosas: grandes subvenciones fiscales para los ricos que harían aumentar el déficit presupuestario sin repercutir demasiado en el crecimiento de la economía, y un radical recorte del gasto que deprimiría la economía y no mejoraría excesivamente las perspectivas presupuestarias. Menos trabajo y más déficit: la combinación perfecta.

De manera más general, si los republicanos reconquistan el poder, seguramente harán lo que hicieron durante los años de Bush: no tratarán de abordar de forma seria los problemas de la economía, sino que se limitarán a usar esos problemas como excusa para sacar adelante el programa habitual, que incluye la privatización de la Seguridad Social. Lo más seguro es que también traten de revocar la reforma sanitaria, lo que sería otro dos por uno que reduciría la seguridad económica a la vez que aumentaría los déficits a largo plazo.

Así que casi siento envidia de los japoneses. Sí, sus resultados han sido decepcionantes. Pero las cosas podrían haber salido peor. Y la idea que los demócratas tienen que defender ahora -la idea que el presidente por fin ha empezado a defender en Cleveland esta semana- es que si los republicanos reconquistan el poder, las cosas empeorarán de verdad. Los estadounidenses, es comprensible, se sienten decepcionados, frustrados y enfadados por la situación económica; pero la decepción es mejor que el desastre.

Paul Krugman es profesor de economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de septiembre de 2010