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No les quieren ni los suyos

A José Luis Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy no les quieren ni los suyos. El pulsómetro de la SER abría temporada confirmando lo que las encuestas dicen desde hace tiempo: la ciudadanía está harta de Zapatero, pero tampoco quiere a Rajoy. El desgaste de Zapatero es lógico. Sus porcentajes de desaprobación están muy cerca, por ejemplo, de los de Sarkozy en Francia. La crisis no perdona. Lo de Rajoy ya es más complicado. Con la nube de la desconfianza envolviendo a Zapatero y con el PSOE transmitiendo señales de agotamiento, al líder de la oposición tampoco le quiere nadie. Es un signo de madurez de la ciudadanía: por mal que vayan las cosas la gente ni tiene síndrome de Estocolmo del que gobierna ni proyecta falsas esperanzas en el que aspira a gobernar. Algunas encuestas hablarán de desafección. Es una idea antigua, que presupone afecto del gobernado respecto del que gobierna. Un argumento propio de culturas caudillistas. La cuestión es otra: ¿escepticismo crítico o resignación e indiferencia? Va en ella la calidad de la democracia.

Si la política no fuera un repertorio de las psicopatologías del poder, uno y otro partido estarían ya en el relevo de sus descoloridos líderes. Pero si las cosas siguen como ahora, Rajoy lleva ventaja. En un sistema casi bipartidista, el que está descontento con el gobierno tiene dos opciones: votar al otro o abstenerse. Partiendo, ambos partidos, de una base alta de voto por fidelidad ideológica, en tiempos de malestar lo más lógico es que, entre el restringido grupo del voto móvil, las cuentas salgan contra el que gobierna.

José Luis Rodríguez Zapatero no es un hombre de pensamiento sino de actuación. Lo suyo es poner en acción, que no es lo mismo que hacer. Por eso, a la hora de actuar, lo hace exactamente igual para transmitir su empecinamiento en que no pasa nada como para anunciar una política absolutamente contraria a la defendida hasta aquel momento. Y la desorientación cunde. Mariano Rajoy no es un hombre de ideas y proyectos, es un hombre de paciencia. Su estado propio es la espera. Allí está y de allí no piensa moverse, hasta que el poder le caiga como un premio a su inacción. Los suyos no le entienden, porque no tiene nada que decirles. Puede que se equivoquen sus consejeros si pretenden que pase a la acción. Cada cual es como es.

Este verano, Zapatero nos ha dado una muestra más de su tendencia a meterse en líos, convencido de que la armonía natural -es decir, su deseo- siempre acaba imponiéndose. En las primarias de la federación socialista de Madrid se la juega. Es cierto que si Trinidad Jiménez desplazara a Esperanza Aguirre, Zapatero marcaría puntos importantes en su combate con Rajoy. Pero también es cierto que una derrota de la ministra de Sanidad, en cualquiera de las fases de la partida, iría directo al mentón del presidente. Y que cualquier victoria de Tomás Gómez le haría un moratón de cuidado. Es más, si Gómez ganara a Esperanza Aguirre se convertiría en un líder de dimensión nacional, en condiciones de desafiar al presidente, con el morbo de ser un aspirante que viene de la base.

El PP ha hecho exhibición de los demonios eternos de la derecha española. Su obsesión con Marruecos y con Cuba es enternecedora. Al parecer la pérdida de la isla caribeña -réquiem por el imperio en el que no se ponía el sol- y los desastres coloniales en el norte de África, todavía revuelven las entrañas de la derecha hispánica. Por lo visto, el reparto de papeles no ha variado desde cuando gobernaba el PP: Aznar se ocupa de la política internacional y Rajoy se encarga de los asuntos internos de los españoles. El problema para Rajoy es que Aznar tenía y tiene proyecto y él no. La ventaja es que el visceralismo de Aznar convierte en balsámica la inacción de Rajoy.

Rajoy no tiene prisa (el día que la tuvo, en el voto parlamentario del ajuste, se pegó un castañazo), Zapatero necesita tiempo. E intenta comprárselo al PNV. Es un malabarismo que Patxi López sólo puede mirar con recelo.

El trimestre político tiene dos momentos cruciales: el voto del presupuesto y las elecciones catalanas. Podríamos encontrarnos que en poco tiempo el orden natural vuelva a las dos naciones periféricas: CiU gobernando en Cataluña y el PNV y el PSE en el País Vasco. ¿Retorno a los ochenta? Pero con el pacto constitucional por reescribir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 05 de septiembre de 2010.

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