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Necrológica:

Faustino Sanz, el último de los grandes imagineros

Sus obras se han expuesto en EE UU y en toda Sudamérica

El pasado 28 de julio fallecía en Madrid Faustino Sanz Herranz, considerado como el último gran escultor adscrito a la tradición imaginera española. Madrileño de cuna, había nacido el 23 de mayo de 1923 en el seno de una familia con escasos recursos económicos. Casi desde la infancia, a sus 7 años, comenzó a dibujar y a modelar por su cuenta y adquirió una experiencia tal que en su primera mocedad, a los doce años, ya esculpía con desenvoltura, tras recibir valiosas orientaciones artísticas de Manuel Trillo y Bernabé de la Calle, considerados sus maestros. De ellos aprendió a conocer la importancia del dibujo y su estrecha conexión con la mejor escultura, de la que Faustino llegaría a ser principal exponente en un género que en el siglo XX parecía haber llegado a su agonía: la imaginería religiosa. La irrupción de la imagen en la vida cotidiana, seguida de una desbordante expansión de propuestas visuales de la mano del cine y posteriormente, de la televisión, además de la propia evolución del arte desde la figuración al abstracto, así como creciente secularización de las costumbres, todo este conjunto de factores había devaluado considerablemente el crédito de la imaginería religiosa no solo en sí misma, sino también en la percepción exterior de sus hechuras. La función didáctica que hasta entonces había desempeñado este género escultórico en la educación de los sentimientos, tan estrechamente vinculados a la representación religiosa máxime en un país como España, parecía dar sus últimas bocanadas.

Una de sus imágenes ilustra la cripta de la catedral de La Almudena

Pese a tan desaforados retos y a la devaluación evidente del género entre el catálogo artístico, Faustino Sanz Herranz supo percibir la envergadura de tal desafío y se propuso desproveer a la imaginería de la decoratividad que desde los estertores del Barroco hasta el rococó -pese a haber sido sabiamente recreado por Luis Salvador Carmona en el siglo XVIII- había sepultado en el siglo XIX la sustancial artisticidad que residía en las mejores manifestaciones de los imagineros españoles de los siglos XVI y XVII en un lamentable kitsch. Para conjurarlo, el imaginero madrileño consiguió remontarse a la esencia artística del género, integrando elementos de la sinceridad de Gregorio Hernández, la movilidad de Martínez Montañés y más destellos de la finura del impar Salzillo. Pero con una particularidad: Sanz Herranz suprimió en sus principales obras la policromía y regresó a la ponderación de la madera nuda como soporte y vehículo de un arte puro, que sus gubias consiguieron recobrar y donde la veta de la propia madera molduraba las formas, perfilaba los volúmenes y brindaba el propio maderamen como sustancial propuesta cromática. Todo ello con una impronta neorrealista muy de su época, con ciertos rasgos cubistas. Su esfuerzo se vio recompensado: sus obras llegarían a exponerse en 15 países, todos los de América del Sur más Estados Unidos, donde cabe verlas desde Texas a Carolina del Norte e Illinois. En España, Faustino Sanz Herranz realizó obras por doquier, señaladamente en Castilla-La Mancha, que atesora su enorme Sagrada Cena, con trece majestuosas figuras. En Madrid, su obra más destacada es la que ilustra la cripta de la catedral de Nuestra Señora de La Almudena, mientras que numerosas localidades de Toledo y de Cuenca conservan algunas de sus mejores imágenes, así como tronos y carrozas para las procesiones. Faustino Sanz Herranz estuvo casado con Carmen Gómez Veiga, con la que tuvo dos hijas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de agosto de 2010