Columna
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Consultar con la almohada

La expresión "consultar con la almohada" significa, como es sabido, aprovechar el tiempo de descanso nocturno para que las alternativas se despojen de su carga emocional y poder adoptar la decisión más adecuada. El mundo de la política no parece guiarse por este consejo de la sabiduría popular. La semana pasada hemos asistido a la enésima repetición de una película que ya aburre de tan vista: el debate del estado de la nación fue tan parecido al anterior y -me temo- al siguiente, que resultaba monótonamente previsible. Pero ya que nuestros señores diputados no aprovechan la almohada para reflexionar sobre el asunto, por lo menos podrían hacerlo en las próximas vacaciones parlamentarias.

Es evidente que la Constitución de 1978 ya no da más de sí. Desde la derecha y desde la izquierda, desde el centro y desde la periferia, cada vez son más las voces que reclaman su modificación. Esto es importante advertirlo. No es cierto que la derecha se plantee la Constitución como un tótem sagrado e intocable: han dicho por activa y por pasiva que habría que cambiar el régimen autonómico. Igual que la izquierda, sólo que en sentido contrario. Pasa lo mismo con la cuestión lingüística: desde la periferia se exige una mayor presencia de todas las lenguas españolas en la vida del país, desde el centro se clama por la suerte de la única que hablan. Pero esto es lo lógico. Si no, no habría debate.

Cambiar la Constitución española no tiene por qué ser una tragedia: la actual República Francesa es la quinta de la historia republicana y su Constitución, de 1958, fue reformada en 2000. En cuanto a la Ley Fundamental alemana de 1949, ha sido modificada desde entonces en medio centenar de ocasiones. La diferencia entre un ser vivo y un trozo de materia inerte es que el primero cambia constantemente según los retos que le va planteando el entorno y el segundo no. Si queremos que la vida política de los españoles siga viva, habrá que acostumbrarse a la idea de que su Constitución no sólo puede cambiar, es que tiene que hacerlo. El llamado Fuero de los Españoles, la carta de derechos (pocos) y deberes (muchos) del franquismo, se concibió en clave inmovilista y no pudo resistir el viento de la historia. No obstante, hay que tener claro que quienes han conducido a la sociedad española hasta el abismo, no podrán encabezar la nueva singladura. Yo no creo que el PSOE y el PP sean incapaces de pactar con los demás partidos un cambio constitucional, pero sí pienso que el presidente del gobierno, que hizo una promesa que nunca debió hacer, y el líder de la oposición, que planteó un recurso de constitucionalidad que nunca debió plantear, tienen que dejar el testigo a gente nueva de sus respectivos partidos. Si les sirve de consuelo, tampoco Winston Churchill pilotó la paz de la postguerra ni Moisés entró en la tierra prometida.

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