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COLUMNA

RECENA

Cuando éramos jóvenes y salíamos por la noche, no era raro que termináramos sintiendo una punzada de hambre a las claritas del día. Entonces nos metíamos un bocadillo de calamares o unas lentejas en algún local de madrugada o esquilmábamos la nevera de la casa de algún amigo devorando empanadillas frías, los sobrantes de una tortilla de patatas o cualquier cosa que cayera a nuestro alcance. No era propiamente un desayuno, sino una especie de recena que nos permitía coger el sueño. Un placer fuera de horario que tenía tanto de consuelo como de fin de fiesta. Algo parecido pasa con el programa de Buenafuente, que en los días de vacaciones emite un concentrado de los mejores momentos. Tiene algo de plato frío, de restos de comida, pero que despunta para bien entre la programación en verano de las televisiones, esa que no es que te deje con hambre, sino que muy posiblemente transmita el virus de la gastroenteritis con la misma facilidad que una mayonesa caducada.

En estos recortes de verano uno aprecia el mérito de Buenafuente en su justa medida. Un programa que cuatro veces a la semana se planta en la noche sin la tentación del relleno, sin temario facilón ni prótesis demasiado aparatosas, evitando la degeneración de las encuestas en la calle, el repaso al corazón, el zapeo por otras cadenas. Un programa escrito con exigencia, que le da la vuelta al calcetín del día y cuyo mayor defecto, defecto muy extendido, es la excesiva prudencia de su humor. Nuestro sistema necesita que el humor salpique con lejía la impunidad, que allá donde no llega ni la justicia saturada ni la higiene electoral, alcance el vitriolo. No puede ser que a final de año haya más chistes que terminan con una mención a Falete que con un zarpazo a personajes como el presidente de la Diputación de Castellón. Los programas con personalidad llenan el vacío de la anestesia general, tienen un enorme peso social. Por eso a Buenafuente y su equipo hay que agradecerles el esfuerzo, la clase y el empeño con el que dejan algo en la nevera para quien llega con hambre a deshoras e incluso atrapa en verano lo que dejó escapar durante el curso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de julio de 2010