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Reportaje:Tinta de verano

HA ESTALLADO LA GUERRA, POR LO VISTO

Hoy es 18 de julio y todo el mundo sabe lo que significa esa fecha. Lo sabe ahora, porque aquel sábado de 1936 el estupor quedó, en parte, sofocado por la rutina, como si el deseo de que no pasara nada sirviera para evitar que pasase. "El viernes 17 de julio comenzó, por lo visto, el levantamiento del Ejército en África. Digo 'por lo visto', porque nada se supo, salvo quizá las autoridades, y no estoy muy seguro". Así lo contó Julián Marías en Una vida presente, sus memorias. Tenía 22 años, hacía un mes que se había licenciado en Filosofía y era tan entusiasta de la República como crítico con un Gobierno que en los primeros compases de la sublevación fue incapaz de impedir que, de la mano de los que pensaban que era un buen momento para hacer la revolución, el Madrid leal quedara "en poder de la violencia".

Si la novela es la historia privada de los pueblos, también lo es de su tendencia al despiste. y el campeón de los despistados es el protagonista de 'la cartuja de parma'

De la violencia y de una confusión que si no hubiese tenido lugar en medio de días trágicos habría resultado cómica. Así, la calle Príncipe de Vergara de la capital perdió su nombre a favor de aquella fecha siniestra y pasó a llamarse avenida del 18 de Julio. No fue, paradójicamente, durante la larga posguerra franquista sino durante los días de resistencia republicana. La palabra príncipe fue suficiente para olvidarse de que quien ostentaba el título no era el hijo de ningún rey sino el general Espartero, uno de los grandes del liberalismo español, el hombre que derrotó a los mismos carlistas cuyos seguidores combatían junto a Franco.

Julián Marías fue un buen sismólogo del tembloroso ambiente de aquellas horas: la intuición decía una cosa (la tensión se cortaba en las calles), la autoridad otra (todo está bajo control) y la vida cotidiana se imponía sobre ambas. Él mismo recogió el domingo 19, día ya de "manifiesta anormalidad", a su novia para ir a misa de ocho y cuarto a la iglesia de las Carboneras, no lejos de la Puerta del Sol. La última misa hasta 1939. El filósofo compara la falsa tranquilidad de la gente con la actitud del que ve consumirse la mecha de una bomba esperando que se apague. O que estalle. Fue precisamente la continuidad de la rutina (los viajes, el veraneo) la que hizo que muchos quedaran aislados de sus familias durante tres años.

Aunque a casi nadie tranquilizó la consigna oficial -"el Gobierno tiene la situación en sus manos"- muchos se fueron a pasar el domingo a la sierra pensando que la "tormenta" se había disipado. Es lo que hacen, por ejemplo, los protagonistas de La llama, la tercera entrega de La forja de un rebelde, la trilogía autobiográfica de Arturo Barea. "La última noche, escuchando la radio", dice un militante socialista en un bar en el que cuatro guardias civiles juegan a las cartas, "sí que creía que iba a ser en serio, pero esta mañana comenzó a venir gente con sus meriendas y sus botas, para pasar el día como todos los domingos". Todos sabían que el ambiente estaba cargado de electricidad política. Pocos pensaban que las chispas pudieran producir un incendio de dimensiones tales que sus rescoldos siguieran, 74 años después, sin apagarse del todo. "Lo que se ventilaba era mucho menos que el desastre desencadenado sobre España". Julián Marías de nuevo.

La confusión, con todo, no es privativa de los particulares ni de los personajes de novela. En el bando de los sublevados, los generales y los conspiradores confiaban en que el golpe conduciría rápidamente a un directorio militar. En el bando legítimo, es ya clásica la respuesta de Casares Quiroga a la pregunta de Manuel Azaña el 18 de julio: ¿Qué hace Franco? "Está bien guardado en Canarias". Con su amigo Negrín, el primer ministro fue aún más optimista: "Está garantizado el fracaso de la intentona. El Gobierno es dueño de la situación. Dentro de poco todo habrá terminado". Dimitió a las pocas horas.

En el fondo, la vida cotidiana es tan terca que solo los malos futbolistas, los golpistas y los aquejados de delirios de grandeza creen en algún momento que viven un instante para la eterna historia. "Ayer fui a un concierto de los Sex Pistols. Yo diría que fue histórico", dice uno de los alocados héroes de 24 hour party people, la película de Michael Winterbottom sobre la escena musical de Manchester. Cuando el personaje aclara que en aquel concierto hubo 42 personas, su interlocutor pregunta: "¿Cómo pudo ser un histórico si solo hubo 42 personas?". Respuesta: "¿Y eso qué importa? ¿Cuánta gente hubo en la última cena?".

Iluminados aparte, la mayoría de los mortales saben, como el clásico, que los años son cortos pero los días, largos. 2 de agosto de 1914: "Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación". La nota de Kafka en su diario el día de verano en que estalló la I Guerra Mundial es todo un hito en la red de carreteras secundarias de la historia universal. La literatura está llena de ellos porque si la novela es la historia privada de los pueblos, también lo es de su inagotable tendencia al despiste. Y el campeón de los despistados es, sin duda, Fabricio del Dongo, el protagonista de La cartuja de Parma. Ni se entera cuando pasa a su lado Napoleón -un mito para Stendhal: "Era nuestra única religión", llegó a decir de él- ni se entera de que aquella orgía de sangre y barro a la que acaba de asistir cerca de Bruselas el 18 de junio de 1815 es la batalla de Waterloo.

Eso sí, siempre hay alguien más dotado para las finanzas que para la poesía que ve venir la jugada. A las pocas horas de la derrota francesa a manos de Wellington, un hombre cruza una Europa en la que las noticias tardan días en llegar, toma el barco que le espera en la costa, llega a Londres y, antes de que los correos aparezcan con la noticia, hace saltar la Bolsa. Ese hombre trabaja para los Rothschild. Su historia la cuenta Stefan Zweig en un libro lleno de libros titulado, no por azar, Momentos estelares de la humanidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de julio de 2010