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Crónica:TOUR 2010 | 10ª etapa

Nunca se llega a Gap

A la espera del centrifugado pirenaico, el pelotón se demora bajo la canícula al salir de los Alpes

La mentira táctica, o sea, la fantasía, forma parte tan seminal del ciclismo que, como en el mus, nadie se siente responsable de lo que dice, ni de sus efectos, ni siquiera de lo que piensa. Dicen los viejos, los ex, los directores, las viejas glorias, tantos, que se niegan a dejar de vivir en julio en otro mundo que el que delimita la geografía variable de las carreteras francesas, que el mano a mano Andy-Contador, la relación dialéctica de los dos personajes que guía el relato de la carrera, devuelve al Tour a tiempos pasados, a duelos de otras eras, otros siglos. ¿Por ejemplo?

¿Por ejemplo? Se sorprenden cuando después de rascarse la cabeza, de esperar que se encienda la bombilla, de pensar incluso, ningún nombre nítido les viene a la cabeza. Ni LeMond-Hinault, ni LeMond-Fignon, ni Bahamontes-Gaul, ni Merckx-Ocaña, ninguno les cuadra a la perfección. Ni Johan Bruyneel, ni Bjarne Riis, ni Francis Lafargue, ni Jeff Bernard, ni Bernard Hinault, ni José Miguel Echávarri, que pasa las tardes con la mirada en el ruedo de los sanfermines y los oídos en los puertos del Tour, ninguno de ellos es capaz de encontrar un duelo del pasado que comprenda todos los matices del que libran desde el domingo el luxemburgués y el chico de Pinto, solos en la cabeza desde los Alpes, como si los primeros 10 días del Tour se hubieran desarrollado siguiendo el ritmo de los programas de las lavadoras automáticas: prelavado, lavado, aclarado, y solo estuviera a falta del centrifugado final en los Pirineos.

"Solo atacaré si hay una ocasión de llegar con ventaja a la crono", dice Contador

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Solo Poulidor, otro fantasista, encuentra sin dudar el duelo al que se asemeja. "Claro", dice el viejo limosín. "El que peleamos Anquetil y yo en 1964, el codo a codo del volcán". Pero, claro, la respuesta tiene trampa -Anquetil y él eran más bien contrarrelojistas y estos de los que hablamos ahora son escaladores- y Poulidor, como tantos, muchas ganas de seguir siendo recordado.

El Andy-Contador que tanto emociona es, pues, un duelo nuevo. Aunque los ciclistas, los duelistas, sean unos antiguos. Duros y audaces.

Contador es, cada vez más, un Indurain con piernas más finas y pedal más ágil en la montaña, bailarín sobre la bicicleta. Indurain nunca estrenaba nada en un Tour, ni sillín, ni zapatillas, ni bicicleta, no fuera a ser que algo aún no sudado, no desgastado, no roto, le fuera a sentar mal a su sensibilidad. Así, Contador, que prefiere sudar la canícula y los 25 bidones de agua que trasiega por su coleto estas etapas con su maillot tradicional y no experimentar con uno nuevo, de tejido finísimo, con agujeritos, la imagen de la frescura, tan apetitosa, hasta que no lo haya probado un compañero, por miedo a no quemarse la espalda, tan delicada después de tantos miles de kilómetros bien tapada. Así que ni hablamos de la otra técnica refrescante que otros equipos usan, la de entregar en el avituallamiento a cada ciclista un calcetín largo relleno de hielo picado que ellos se colocan a modo de bufanda al cuello.

Como Indurain, Contador sube con una máscara, un rostro imperturbable en el que ningún rival puede leer otra cosa que la calma, la seguridad, para que nadie se atreva a atacarlo por temor a una respuesta aniquilante. El domingo, subiendo a Avoriaz, el día que sentía que sus piernas no andaban como deseaba, para reforzar esa máscara de fortaleza, para descorazonar de entrada a los valientes, ordenó al gran Dani Navarro un ritmo infernal. Andy, dubitativo, solo se atrevió a atacar en los últimos 500 metros. Contador cedió solo 10 segundos. Pasó así su día malo y ayer, visto lo ocurrido el martes en La Madeleine, Riis venía a reconocer que quizás Andy había dejado pasar la gran oportunidad de distanciar a Contador antes incluso de darse cuenta de que la tenía. "Necesitaremos minuto y medio más [su ventaja en la general es de 41s] para estar seguros de poder resistir a Contador en la contrarreloj", dijo el director del Saxo. "Yo cada día voy mejor", dijo Contador. "Y, sí, ese día, en Avoriaz, no tenía las piernas de La Madeleine. Habría sido una buena ocasión para ellos, pero Navarro estuvo grandioso. No sé si Andy necesita minuto y medio más, pero con lo que me lleva ahora yo llegaría tranquilo a la contrarreloj, aunque si se da la oportunidad intentaré rebajarla. No atacaré por atacar ni por dar espectáculo ni por ganar una etapa, solo si hay una ocasión de llegar con ventaja a la crono".

Para ganar la etapa atacaron ayer media docena de corredores (y para trabajarse la general por equipos) que, pese a la ventaja que sacaron al pelotón, en torno al cuarto de hora, en el horno del valle calentado por un simún de cara, un viento abrasador, demostraron que nunca se llega a Gap. Aparecieron los fugados por la ciudad imposible pasadas casi las seis y media y solo quedaban dos. Uno de ellos, Kiryienka, con aires de ciclista antiguo, manos en la parte baja del manillar, planta de pistard y experto en el surplace, dejó que el portugués Paulinho lanzara el sprint cara al viento con la seguridad de que lo remontaría. Pero Kiryienka también es de la escuela de los grandes desarrollos -saltó con un 11-, del piñón fijo, la de coger velocidad con lentitud basado en las leyes de la inercia. Su remontada se quedó a dos tubulares del feliz Paulinho, que dio la primera victoria en el Tour al RadioShack de Armstrong y a Portugal 21 años después de Acacio da Silva (y el segundo puesto seguido al Caisse d'Épargne).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de julio de 2010