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Reportaje:SUDÁFRICA 2010 | La gran fiesta de la afición

Un gol de todos

Las calles de las ciudades españolas se tiñen de rojo - Centenares de miles de personas sufrieron, gritaron y vibraron hasta el tardío gol de Iniesta

No hubo debates, ni matices. Un solo tinte coloreó las calles de España y los gritos se convirtieron en una sola voz. Desde Madrid a Barcelona, en todas las ciudades, cada detalle sirvió para escribir el mismo cuento: el de un país volcado con la misión histórica de su selección.

La Historia es correosa, no se llama a la puerta y se pasa diciendo hola, qué tal, vengo a ganar la Copa del Mundo. El comportamiento de los más de 200.000 hinchas que se juntaron en el Paseo de Recoletos de Madrid lo demostró, con su fiesta inconsciente del mal rato que se venía encima, todos bebiendo agua, cerveza o sangría desde horas antes de que empezase la final. A las ocho y media de la tarde, la masa alegre y folclórica mutó en una larga lengua de individuos sombríos, encerrados en sí mismos, sin hablar una palabra con quien llevaban charlando durante toda la tarde, miles de personas cruzando los dedos desde la fuente de Cibeles a la plaza de Colón.

El silencio mutó en un grito cuando ya se olían los penaltis

"¡Que no se note la tensión, Madrid!", gritaba el presentador del espectáculo ante la pantalla gigante. Y Madrid a lo suyo, mascando esa cosa tan horrible llamada final de la Copa del Mundo. Preguntar por los sentimientos de la gente era una tarea necesaria, pero una lápida hubiera sido más elocuente. "Esto es un bajón", decía José Andrés, un padre en estado de solipsismo, con su niño quieto al lado de la madre, mientras los holandeses trababan el partido, con el tiqui-taca en estado de sitio y una palabra fatídica merodeando por Recoletos: "El árbitro, el árbitro", se oía; "no nos dejan jugar y no pita, no pita". Si de repente se hubiesen apagado los 48.000 vatios de sonido de los altavoces, ¿qué se hubiera oído? Solo bocinas, juramentos e interjecciones, balbuceos extraños con un significado preciso: "Qué metan un gol, por favor", como acertó a decir una adolescente con los ojos vidriosos.

El momento más expansivo de la muchedumbre, así de espinoso estaba el asunto, fue la parada de Casillas en un mano a mano con Robben, que se coló en el área como Freddy Krugger se colaba en los sueños de los niños. Una parada que podía suponer dos o tres kilos de la copa de oro que esperaba al final. Pasó rápido este pequeño éxtasis, y en pocos minutos, después de la ocasión de Villa, 200.000 manos a la cabeza, volvió el suplicio. "¡Cuánto hemos sufrido para llegar hasta aquí!", volvía a hablar el presentador a su público taquicárdico.

Taquicárdico como el fin de semana que vivió Barcelona. La ciudad, que el sábado estuvo cuatribarrada con los colores de la senyera, ayer fue roja. La ciudad se sumó a la pasión y pareció dejar de lado la seriedad de la víspera. Cosas del fútbol. El rojo se veía en los balcones, pero sobre todo a pie de calle. Infinidad de camisetas rojas, aunque con bastantes del Barça que le daban más colorido a la cosa. A media tarde la avenida de Maria Cristina, donde el Ayuntamiento colocó las dos pantallas gigantes, ya se empezaba a llenar. Una hora antes del inicio las dos líneas de metro que llegan al pie de Montjuïc escupían borbotones de pasajeros. Parecía hora punta de un día laborable. Al salir a la calle, empezaron algunos gritos de "Viva España". No son muy coreados. Una hora antes del inicio de la final toda la avenida estaba hasta los topes: 75.000 personas, según las cuentas del Ayuntamiento.

Caras pintadas con los colores de la bandera española y todo tipo de atuendos, como una suerte de globo hinchable. Con el color rojo mandando sobre todo. El mismo color de las bengalas que se lanzaron al inicio del partido. Pasar por el centro de la avenida era misión imposible. Después de un fin de semana intenso en Cataluña, ayer algunas pancartas hacían referencia a la dualidad de ambas manifestaciones. Las había conciliadoras: "Viva España, visca Espanya". Otras con más malicia: "No nos engañarán, Cataluña es España". Y, la más directa: "Podemos". El rojo se coló también en Bilbao. Poco antes del inicio del partido, en la céntrica Plaza de Moyúa y en la plaza del Ayuntamiento, donde en 2008 más de 1.000 personas celebraron la victoria de España en la Eurocopa, tres jóvenes lucían camisetas de la selección. A ellos se unía el claxon de algún que otro coche, de cuyas ventanillas asomaba alguna bandera o bufanda de España. Por el suelo, papeles en los que se leía "paso de la roja" y "geurea esukal selekzioa" (la nuestra, la selección vasca) y la fuente vallada ante un posible triunfo de la roja. La misma fuente que se llenaría de aficionados nada más acabar el partido.

En Barakaldo (Vizcaya), el municipio más grande del País Vasco tras las tres capitales, 800 personas, ataviadas con camisetas, bufandas y banderas, llenaron el frontón municipal para ver el partido en una pantalla gigante. Mientras llegaban, un centenar de independentistas corearon gritos como: "una nación una selección", "ikurriña sí, española no". También en Vitoria, que junto a Barakaldo fueron los dos únicos municipios en los que se instalaron pantallas gigantes, los seguidores de la roja lucieron camisetas a lo largo de todo el día.

En Valencia, la afición se agolpó en las cercanías del estadio del Mestalla para vibrar con el juego de la selección. Otros 10.000 se congregaron en la explanada del puerto, junto al edificio Veles e Vents. La visión del partido fue una tortura. Hasta que, cuando ya se olían los penaltis, Iniesta acabó con el suplicio. El silencio de las plazas de España mutó en un grito: "¡Goool!". Miles de gargantas al unísono. "Campeones".

y Federico S. Pérez.

Información elaborada por Pablo de Llano, Blanca Cía, Inés P. Chavarri,

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de julio de 2010