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Crónica:

Del mestizaje al batiburrillo

Ojos de Brujo abarca tantos palos que no acierta con ninguno

Flamenquito sobre bases electrónicas. Una bailaora que taconea sobre las programaciones con gracia muy relativa. Ritmos salseros de baja intensidad. Buenrollismo de la generación 1.0, como cuando el Messenger funcionaba sin imágenes. Y Marina Abad luciendo un vestido gitano de muchos vuelos, en una combinación negra y amarilla que le habría favorecido mucho a la abeja Maya. No quedó anoche del todo claro si lo de Ojos de Brujo es mestizaje o más bien mejunje. Los dos términos suenan parecidos, pero, en el caso del batiburrillo, la caótica ordenación de las partículas da como resultado una masa amorfa.

Vale, puede resultar desmoralizador asomarse por Puerta del Ángel, un escenario diseñado para cerca de 3.000 personas, y descubrir que apenas están ocupadas la sexta parte de las localidades. No sabemos si pesó más el fútbol, que la chavalería rastafari ya se había rascado el bolsillo la noche anterior con Muchachito Bombo Infierno o que a estos barceloneses ya se les está pasando el arroz. Incluso algún incondicional expuso objeciones estético-sociológicas: "Este lugar es demasiado pijo para ellos". Insólita descripción para una explanada en medio de la Casa de Campo.

En cualquier caso, siempre dio la impresión de que Marina y los suyos eran incapaces de sacudirse el muermo de encima. Carlos Sarduy -antes en la banda de Concha Buika- pone algo de ardor con la trompeta, pero acciona los teclados con el mismo gesto de pasión que una taquígrafa en el Congreso de los Diputados. Perico y Juliana suena larga y aburrida. Todos mortales hace un flaco favor a la herencia de la rumba catalana y las chiribitas electrónicas surgen tan sobradas de decibelios como un tranvía viejo enfilando la Cuesta de San Vicente.

El discurso global del octeto es más bien descoyuntado, sin hilo conductor ni criterio aparente. Más allá de la pretendida autenticidad de lo callejero, tan pronto se exaltan los faralaes como a renglón seguido el bajista, Javi Martín, se marca un solo en la línea del jazz-fusión más anémico del mercado.

Ni los jovencitos más voluntariosos lograron experimentar anoche un mínimo cosquilleo en el estómago. No hubo bailoteo, calor, ni chicha ni limoná; solo la sensación permanente de que el grupo carecía de recursos para levantar el vuelo, el ánimo y el discurso, suponiendo que hablar del mundo como "una gran bola que gira y a veces marea" merezca tal consideración. Frente al repertorio acartonado de Aocaná, por un momento pareció que el jijó recargado del disco Techarí, el de temas como Todo tiende, podía disimular el naufragio. Tampoco. La letra carece de enjundia, pero, para mayor desolación, no se entendía ni un poquito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 2010