Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Análisis:

De buena ley

En televisión tiene más importancia el contenedor que el contenido. Aunque se diga lo contrario, en televisión puede funcionar desde la filosofía hasta la literatura, pasando por la neurociencia o la arquitectura, lo importante es encontrar el formato. La televisión necesita formatos calientes, superficiales, que copien de la narrativa popular sus valores más estimados: la claridad de conceptos, la división entre buenos y malos y la resolución contundente. Los concursos funcionan porque ofrecen un resultado absoluto, como un partido de fútbol. Los juicios también funcionan en la televisión. La ficción sobre juicios llegó a ser un género querido del cine americano. Ahora se aplica como afluente de la telerrealidad.

En Telecinco, antes del noticiario de sobremesa rebosante de sucesos, De buena ley enfrenta a dos contendientes. Como el tiempo es oro, en el minuto uno ya están gritándose y tirándose los trastos a la cabeza. La causa suele ser un conflicto genérico, comprensible al instante, casi siempre un tira y afloja doméstico. El juez o la jueza se retira a deliberar 15 minutillos, durante los cuales el público presente suelta a buen nivel de decibelios un batiburrillo de sentido común, prejuicios y masticada división de pareceres. La presentadora ruega que no hablen todos a la vez y que no griten, pero se esfuerza porque griten y hablen todos a la vez.

De buena ley es el programa mejor interpretado de la televisión nacional. Los actores son creíbles, humanos, lo hacen de maravilla. Tendría que ser un programa de visionado obligatorio en las escuelas de interpretación. Puede que los tipos no sean Al Pacino y Meryl Streep, pero te los crees y aprecias su guasa de teatro aficionado. Son manipuladores, pasionales y finalmente, cuando reaparece el juez y dicta sentencia, son comprensivos y racionales. Qué bien funciona la ficción popular para quitar a la realidad lo que tiene de inabarcable, de compleja.

En De buena ley, la sentencia del Estatut de Catalunya habría estado lista en 15 minutos y los actores habrían representado su papel sin fisuras y a la hora pactada los presentadores habrían despedido el programa del día con todo el mundo satisfecho ante la autoridad y la razón. Ah, la realidad, cuánto envidia a la ficción.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de junio de 2010