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COLUMNA

Grasilla

Recuerdo que, al comenzar la crisis, algunos dijeron que la situación tenía su lado bueno, porque serviría para modernizar el sistema. Luego hemos visto que eso significaba desmantelar la sociedad del bienestar a velocidad supersónica, cosa que yo no logro encontrar positiva (debo de ser una antigua).

Pero el otro día un amigo mío que es asesor fiscal me hizo ver la crisis desde otra perspectiva: "El circuito ya no está engrasado", dijo, utilizando esa terminología tan propia del mundo del dinero, un mundo que él, pobre mío, solo ve a lo lejos, a vista de pájaro, mientras lo sobrevuela profesionalmente. "El circuito ya no está engrasado", repitió, "y por eso está emergiendo la corrupción". Y, cuando le escuché, me pareció que nombraba algo evidente. Porque, en efecto, ¿cómo es que han aparecido tantos escándalos en los dos últimos años? Sí, claro, la caída de un solo mangante puede arrastrar, como en el dominó, una hilera de golfos adyacentes. Pero esto no basta para explicarlo todo. Ahora bien, imaginemos a centenares de cargos públicos que se dejan regalar por empresarios chungos y que a su vez regalan para pagar silencios y favores. Es una gran rueda de prebendas, coches, relojes, cheques disfrazados de pago a conferencias. Y, mientras hay dinero, todo marcha bien, los pájaros cantan, las nubes se levantan y el amor florece (lo nuestro es muy bonito). Pero, de repente, los negocios empiezan a decaer. Las cajas secretas se vacían y decenas de apandadores dejan de recibir el sobre mensual y ya no pueden pagar los plazos del Jaguar que compraron cuando se creyeron ricos para siempre. Y perder el Jaguar duele mucho. Muchísimo. Perder el Jaguar crea una corajina impresionante y unas ganas de delatar que son como las de estornudar, irresistibles. Después de todo, es posible que la crisis sirva para algo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de junio de 2010