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Pupitres con cuatro siglos de historia

El Instituto San Isidro crea un museo con el material con que estudiaron miles de madrileños en cuatro siglos

Acaba de nacer un nuevo museo. En él se da noticia de cómo ha sido la educación en Madrid desde hace cuatro siglos. El lugar es el único que en la ciudad cuenta con tal veteranía: el Instituto San Isidro, en la calle de Toledo, 39. Siempre, desde entonces, permaneció dedicado a la enseñanza. En sus pupitres estudiaron desde Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca y Francisco de Quevedo hasta el mismísimo Luis Candelas, futuro bandolero de nombradía, expulsado de sus aulas por abofetear a un profesor; también el escritor francés Víctor Hugo -hijo de un general de Napoleón- o Mariano José de Larra. El futuro rey Juan Carlos I, examinado de ingreso en 1949, así como miles de estudiantes madrileños, frecuentaron su claustro, florón del barroco español obra de Melchor de Bueras en 1679. El instituto, hoy con 925 alumnos, será el año entrante uno de los cuatro centros públicos que estrenará pizarras digitales.

Cela, Aleixandre, Echegaray y Jacinto Benavente fueron sus alumnos

Los orígenes del Instituto San Isidro, donde acaba de inaugurarse uno de los poquísimos museos didácticos in situ de Madrid, enraizan en el siglo XVII. María de Habsburgo, hija de Carlos V, viuda de Maximiliano II, emperador del Sacro Imperio Germánico, decidió apoyar el entonces naciente proyecto didáctico de la Compañía de Jesús. Le cedió su pingüe herencia en 1603. Surgió así el Colegio Imperial, transformado luego en Seminario de Nobles. Tras la expulsión de los jesuitas de España en 1767, pasaría a llamarse Estudios de San Isidro. Hoy es Instituto de Enseñanza Media, bilingüe en francés.

Miles de estudiantes madrileños, como la futura reina de Bélgica, Fabiola de Mora y Aragón, cuyas notas de ingreso de Bachiller en 1938 el museo muestra, recorrieron sus pasillos de techos altos y hondas aulas que conservaron gradas a la manera antigua hasta tiempos recientes. El arquitecto barroco Melchor de Bueras ideó en 1679 una escalera de peldaños ritmados con tempo maestoso, en cuyos muros se exponen hoy los tesoros del flamante museo. Rafael Martín, profesor de Ciencias, con 15 de sus alumnos de Bachillerato y ESO, más la ayuda del historiador Justo Corbacho, los han seleccionado de entre los copiosos fondos del instituto para exhibir al público en horario vespertino, entre las 17.30 y las 20.30 solo los viernes y con cita previa.

Sorprenden los expedientes escolares de próceres como el doctor Gregorio Marañón Posadillo: todas sus calificaciones sobresalientes, a excepción de la gimnasia -solo aprobada-, al igual que las del doliente Vicente Aleixandre. Tres premios Nobel más, José de Echegaray, Jacinto Benavente y Camilo José Cela, fueron alumnos del San Isidro, al igual que los hermanos Manuel y Antonio Machado, suspendido este en Latín e Historia en junio de 1889. Las tarimas del San Isidro serían disputadas por científicos como el matemático Puig Adam, el geógrafo Juan Dantín o el profesor Nicolás de Salmerón, futuro presidente de la República. Los jefes de Gobierno José Canalejas y Eduardo Dato también cursaron estudios en el instituto madrileño. Sorprenden la evolución de los métodos de enseñanza y el compromiso histórico de sus docentes por armonizar las letras y las ciencias con un excepcional gabinete biológico provisto de vitrinas con taxidermias de los hermanos Benedicto; un rarísimo ejemplar de cabra siamesa hallado en Morata de Tajuña; ornitorrincos, armadillos, serpientes pitón, cocodrilos, águilas reales o un zorro volador -murciélago de Java- que hace las delicias de alumnos como Tasio y Bader, mientras otra alumna se lamenta de que, en su día, los animales fueran sacrificados con fines didácticos. Pero la más cotizada gema del flamante museo es un maniquí clástico, modelo anatómico creado en 1869 por el doctor Auzoux, en papel maché, con 1.100 piezas. Ha sido laboriosamente restaurado por Irene García Romera. "Su autor llevó con entusiasmo un prototipo al Papa a Roma, pero, a su regreso, desistió de seguir fabricándolos", explica Rafael Martín, al que la directora del centro, Isabel Piñar, atribuye el mérito del museo. Nicolás, como los estudiantes apodan al maniquí, más los libros, minerales, cristales, placas epidoscópicas y mil objetos didácticos más sirvieron para explicar a miles de niños la base de la vida y las pautas para vivirla en sociedad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de junio de 2010