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Crítica:PURO TEATRO

Los virus de Marburg

Tres altas influencias (Kushner, Lepage, Paul T. Anderson) bullen en la obra de Guillem Clua, ambicioso mosaico de la desazón contemporánea y una de las sorpresas de la temporada

Atención a Guillem Clua y a Marburg: un dramaturgo a seguir y una obra de ambición infrecuente, con la que el TNC acaba de apuntarse otro buen tanto. Marburg es una función desmesurada (casi tres horas), irregular, con intensos subidones poéticos y abismales caídas en el artificio, pero rebosante de ideas y talento. Tampoco es habitual la altura del listón: yo diría que los modelos de Clua son Tony Kushner (los miedos milenaristas y la exuberancia narrativa de Ángeles en América), Robert Lepage (la imbricación caleidoscópica de las historias) y el temblor del fin del mundo, de la vitalidad acuciada por la angustia y el caos, que sobrevolaba los mosaicos de Vidas cruzadas (Carver / Altman) o Magnolia de Paul Thomas Anderson. Clua quiere abarcar muchísimo, tanto temática como geográficamente, a la manera de Benet i Jornet (otro padre -o tío abuelo- posible) en la infravalorada Salamandra. Aquí tenemos cuatro episodios entrelazados, cuatro lugares llamados Marburg; cuatro tiempos, cuatro espacios en el mismo escenario, muy bien servidos por Rafel Lladó, el iluminador Kiko Planas y el sonido del maestro José Antonio Gutiérrez (algo opaco, sin embargo, en las escenas del laboratorio). Episodio alemán: Marburg (Hessen), 1967. Una pareja de científicos, Tom (Ivan Benet) y Helga (Victoria Pagès), en crisis sentimental y laboral, descubren que sus horas pueden estar contadas a causa del virus Ébola. Episodio americano: Lake Marburg, Pensilvania, 1981. Una familia fundamentalista -Nancy (Vicky Peña), Walter (Oriol Genís) y Claire (Fina Rius)- recibe el doble mazazo de la muerte del primogénito y el atentado al presidente Reagan. Virus rampantes: la intolerancia, el catastrofismo y, en la segunda parte, el Alzheimer. Episodio africano: Marburg, Uganda, 1999. La víspera del fin de siglo junta en una capilla al padre Gabriel (Santi Pons), un sacerdote enviado por el Vaticano para investigar un presunto milagro, y una misionera negra, Acanit (Carol Muakuku), convencida de la inminencia del apocalipsis. Virus invitados: la falta de fe o su contrario, el exceso de pensamiento mágico (a decidir según las convicciones de cada uno). Episodio australiano: Marburg (Queensland, Australia), 2010. Un meteorólogo, Dundy (Eduard Farelo) recibe la visita de Buck (Ferran Vilajosana), un adolescente al que ha conocido en un chat gay. El virus de la cuarta historia (la más controvertida) no es tanto el sida sino el anhelo de contagio, en un cóctel explosivo de pulsión de muerte, liberación y vínculo amoroso. (A decidir, igualmente, si su final es crónica o apología). Lo que han leído hasta ahora es mero tráiler, un apretadísimo resumen argumental de Marburg: ni puedo destripar desarrollos ni hay espacio para analizar todos los giros e implicaciones de las tramas. Los cuatro episodios avanzan en un continuo temporal, como si tuvieran lugar simultáneamente, pero abundan las sorpresas y las imaginativas rupturas formales: audaces saltos en el tiempo (el episodio de Pensilvania se retoma treinta años más tarde, cuando sus protagonistas son ya ancianos), vínculos en flashback (el descreído padre Gabriel es un fervoroso seminarista en el episodio alemán) o en clave onírica (la misionera Acanit viaja "astralmente" a la casa de la vieja Claire). Rafel Duran ha dirigido con brío al excelente reparto, aunque cabría reprocharle algunas exasperaciones formales (el sobrecargado éxtasis místico del sacerdote, cuando la acotación simplemente indica "se arrodilla y persigna ante el Cristo sangrante") o el fastidioso tono brujil que le permite a Vicky Peña en la primera parte, contrapesado por su excelente composición en la segunda. Entre los tropiezos de Guillem Clua señalaría la falta de medida (el larguísimo monólogo inicial de Claire), ciertas torpezas de escritura (los diálogos concebidos para "pasar información" a un interlocutor que ya la conoce) y la tendencia a los golpes de efecto. No es que la intriga del episodio americano o la decisión final de Tom en el episodio alemán no sean creíbles, pero huelen a mecanismo forzado para crear un suspense un tanto tramposo en el primer caso y como "punto de giro", cuando el interés comenzaba a decaer, en el segundo. Hablando de giros, tampoco convence el radical cambio de tercio de Dundy, que pasa en un pispás de la sensatez erótica al abrazo nihilista. Abunda, sin embargo, lo bueno, lo brillante, lo poderoso: la narración que fluye y que te atrapa. Y los personajes inesperadamente complejos, como el padre Gabriel, que de entrada parece un malo de El código Da Vinci y acaba revelándose (bravo para Santi Pons) como un racionalista sediento de absoluto: Clua se toma muy en serio (cosa rara en un autor "moderno") el asunto de la recuperación de su fe, y es tan bello como sereno el enfoque de su entendimiento final con Acanit, pese a que la peripecia psicotrópica del episodio hacía temer una degradación farsesca. También está estupendamente pautado el diálogo entre el joven Gabriel y el sardónico y agonizante Tom (impecable Ivan Benet), o la escena, que recuerda al mejor Patrick Marber, en la que asistimos a dos invocaciones simultáneas: el sacerdote que intenta recuperar su línea directa con Dios mientras el joven Buck (hiperenergético Ferran Vilajosana) envía un mail a su diosa, terrenalmente encarnada en Kylie Minogue. Otros grandes momentos de la segunda parte, más ceñida y rotunda que la primera (quizás porque Clua puede volar ahí sin el lastre de lo expositivo) son la ya citada "visita astral" de la misionera y el intercambio de revelaciones (un desinhibido homenaje a Harper y Mr. Lies en Ángeles en América) y, poco más tarde, el viaje último de las dos hermanas al lago recreado en la habitación del hijo: hermosa metáfora y conmovedor mano a mano de Vicky Peña y Fina Rius. Marburg ha sido una de las sorpresas de la temporada. Está pidiendo a gritos un transfer al María Guerrero -de Nacional a Nacional- y tampoco creo que tarde su estreno extranjero. No conocía el trabajo anterior de Guillem Clua, pero no voy a perderme lo que haga a partir de ahora. -

Tenemos cuatro episodios, cuatro lugares, cuatro tiempos, cuatro espacios en el mismo escenario, muy bien servidos

Marburg, de Guillem Clua. Dirección de Rafel Duran. Teatre Nacional de Cataluña. Barcelona. Hasta el 20 de junio. www.tnc.cat.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de junio de 2010