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COLUMNA

Contrapolítica Potemkin

Grigori Potemkin fue un político ruso, ministro de Catalina la Grande, y protagonista de un suceso que, aunque reconocido como ficticio, es decir, de pura leyenda, no ha perdido ni un ápice de su vigencia o valor para ilustrar algunas maneras o tentaciones de hacer política. Cuentan que, durante un viaje de la zarina a Crimea, mandó levantar, a lo largo del recorrido oficial, fachadas presentables que taparan la más que cruda realidad de la zona. Para que la emperatriz viera, pudiera hacerse la ilusión de ver, pueblos prósperos allí donde sólo había aldeas miserables.

El alcance de la crisis en que estamos sumidos y, sobre todo, las precariedades que está revelando, que lejos de ser coyunturales tocan al cimiento de muchas estructuras, muestran hasta qué punto llevábamos muchos años viviendo de ilusiones, en una generalizada potemkización que creaba fachadas para que la mirada se detuviera en ellas sin preguntar qué había más lejos o del otro lado. El que esto haya sido posible se debe a un entramado, sin duda apretado y complejo, de causas, circunstancias y actitudes públicas, pero también privadas. Y parece evidente que en este temerario vivir de espaldas a la realidad, por encima de sus posibilidades, los ciudadanos tenemos nuestra parte de responsabilidad; nos corresponde, digamos, el papel de la comitiva en la leyenda rusa, del acompañamiento que recibe la propuesta de fachada, que la acepta o la aprovecha o con ella se conforma, sin cuestionarla debidamente.

Pero luego está el propio Potemkin, esto es, la responsabilidad de quienes saben o deben saber lo que hay detrás, y lo cubren para evitar o posponer su vista. Es decir, que está el hecho de que las fachadas corresponden a un proyecto o a un modelo de hacer política consistente en desentenderse de la realidad social o en disimularla o en coreografiar su consideración al ritmo del calendario electoral y/o de las conveniencias del poder. Y en esto también, aunque diste mucho de ser un argumento de consuelo, el mal político es de muchos, tiene unas hechuras globales, agravadas o matizadas en lo local.

Hablar con esperanza, en positivo, de esta crisis da reparo, porque lejos de ser un mero concepto, supone una tragedia palpable para mucha gente, un cataclismo personal y familiar. Y, sin embargo, entiendo que esta crisis representa también la oportunidad de algo bueno. Su seísmo ha echado por tierra mucho falso discurso, mucho simulacro, mucha opacidad; ha dejado la realidad tan a la vista que negarla o maquillarla o eufemizarla se les ha vuelto a quienes han vivido políticamente de intentarlo e incluso de lograrlo una ardua tarea, por no decir que una misión imposible. Son malos tiempos para todos. También, afortunadamente, para cualquier política-Potemkin, basada en el cortoplacismo, en la confusión de la temeridad económica con la prosperidad, de los bienes de unos (pocos) con el bien común, de la gestión con la fachada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de mayo de 2010