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COLUMNA

El monstruo que todo lo come

Todo se lo come, todo se lo traga el muñeco gordo Holle Bolle Gijs. El parque temático más viejo de Europa, Efteling, donde se halla este popular personaje holandés, está dedicado al mundo de los Elfos y los cuentos de hadas. Un mundo mágico, tan insondable como inexplicable o irracional. Muy similar a la abstrusa naturaleza de esta Gran Crisis.

Holle Bolle Gijs, gordísimo y con expresión asustada, abre su gran boca para que los niños echen en ella todos los residuos, basuras y objetos que encuentran alrededor o traigan de casa. Su fama reside en que traga sin límite alguno, tal como se comporta el agujero (¿agujero?) de la economía actual.

El personaje ha logrado popularidad no por lo que realiza, sino precisamente por el vacío que lleva dentro. En una fase, puede parecer que va saciándose, pero pronto su voracidad renace y su capacidad de deglutir no tiene fin. Es decir, más o menos como viene ocurriendo con los cientos de miles de millones de euros o dólares que se disponen para la alimentación del sistema, cuyo estómago, sin embargo, no hace más que sembrar más hambre alrededor.

La alimentación del sistema son ya pobres detritus; indigentes, parados, pensionistas sin pensión

Vacío, ausencia, nada: es el contenido más 'cool' de nuestra presente sima económica

Hasta ahora mismo, esta crisis económica se consideraba la mayor desde la Segunda Guerra Mundial. Durante el fin de semana pasado, sin embargo, Jean Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, proclamó que la magnitud del presente desastre nos llevaba hasta el final de la Primera Guerra Mundial.

Salto a salto, retroceso a retroceso, nos vemos siendo sumidos en el fondo de otro fondo y así sucesivamente hasta alcanzar este punto de vértigo en que se habla de una posible caída libre o una suerte de precipitación en el vacío puesto que ni aquí ni allá, ni esto o aquello, sirven como asideros ante el cero total.

No es, además, la economía financiera el elemento exclusivo que vaticina este desplome. Junto a la voracidad con que el Holle Bolle Gijs se traga simbólicamente el dinero, las superdotaciones estatales, las garantías oficiales o las inversiones, especulativas o no, la época se define por su vacío de líderes, ausencia de patrones o estrategias, disipación de valores fuertes, desintegración de los partidos políticos, de la justicia o los gobiernos, veladura de los padres, voladura de la iglesia, vacíos de pensamiento, auge del despido, ausencia creciente en las pérdidas de fisicidad, dentro y fuera de Internet.

El mundo entero parece convertido en la gran boca del muñeco holandés. O de otro modo, tras la plétora forjada en los 15 años anteriores a esta Gran Crisis que culminaron en la globalización total -la plenitud de la totalidad- sucede este giro de lo lleno a lo vacío, del sentido al sinsentido, de la figura a la máxima abstracción.

Y no ya la abstracción plástica que se podía ver y tocar, sino a la abstracción de esa abstracción. La última bienal de Sao Paulo exponía un espacio vacío y de esta manera se mostró el museo Pompidou tras haber culminado su reforma. El vacío como exposición y, recíprocamente, el espectador como sujeto del vacío, sujeto al vacío.

Ya en 2004, el Institute of Contemporary Art de Filadelfia llamó a su exposición The big Nothing, (La gran nada) como síntoma de lo que acaso estaba forjándose en el exceso de plenitud. A la saciedad sigue el vómito y al vómito la sensación de haber perdido el sentido central.

Mientras crece el vacío aumentan los objetos atraídos y engullidos por él. Como en el parque de Efteling, la alimentación del sistema son ya pobres detritus: indigentes, parados, pensionistas sin pensión, dependientes sin ayudas, funcionarios sin función.

Una cola de varias horas soportan los turistas que desean visitar, en la actual feria internacional de Sanghai, el pabellón británico del artista y arquitecto de moda, Thomas Heatherwick. ¿Qué encuentran, por fin, en su interior? Vacío, ausencia, nada: exactamente el contenido más cool de nuestra presente sima económica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de mayo de 2010