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COLUMNA

Tierra de acogida

El desprecio mutuo que como buenos vecinos se dispensan España y Francia, nos impide reconocer la capacidad del país vecino para ser hospedera de la cultura universal. En Francia artistas del mundo han podido desarrollar su carrera al margen de dictaduras, presiones, ostracismo. A cambio, los franceses juegan al malentendido de la apropiación nacional. De Picasso a Kundera, de Ionesco a Cioran, la expresión artística ha podido izar la bandera francesa en su barco expatriado. En el Festival de Cannes, el cine español fue invitado a celebrar su legado con la restauración de Tristana, película de Buñuel de producción francesa, donde Catherine Deneuve interpreta a Tristana de Reluz, personaje de Galdós.

Difícil encontrar una película española con más flotadores franceses. Parecido a la última cinta de Abbas Kiarostami, de producción francesa y protagonizada por Juliette Binoche, que participa en el festival con un guiño de complicidad en la composición del jurado.

Kiarostami se resistía a rodar fuera de Irán, para él ningún árbol crece sin raíces. Incluso había polemizado con Bahman Ghobadi, exiliado tras filmar Nadie sabe nada de gatos persas, donde denuncia la persecución de los músicos jóvenes. El anuncio de que el cineasta Jafar Panahi, encarcelado por el Gobierno iraní, ha emprendido una huelga de hambre provocó las fotogénicas lágrimas de Binoche y reafirmarse a Kiarostami en lo que en una carta pública ya había dicho: rodar cine es una necesidad vital, que no puede ser cercenada. Sin embargo, en Irán funciona la cita coránica, el repetido Nahiazmonkar: lo que está prohibido. El equilibrio entre seguir viviendo en tu patria y someterte a la censura y a la persecución de tus colegas resulta por fuerza insufrible.

Por si acaso Francia abre los brazos y su Centro Nacional de Cinematografía ha editado en DVD las películas que Kiarostami rodó para el Instituto de la Infancia y la Juventud de Irán en los primeros setenta, joyas como El traje de bodas, Experiencia o El pasajero, cuentos morales que retratan un tiempo y un estado de cosas. El audiovisual es constructor de la sociedad, encargos así, lejanos pero vivos, son un ejemplo, también de actitudes como la francesa, donde el cine es una gozosa bandera de libertad y no un incordio que acallar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de mayo de 2010