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San Isidro Centenario de la Gran Vía

Música y moqueta azul para la Gran Vía

La centenaria avenida celebra su cumpleaños con más de 200.000 viandantes y una riada de conciertos

Tito y Borja son amigos, tienen (quién los pillara) 23 años, viven entre Villalba y Alpedrete y llevan a mucha honra su condición de serranos, pero esta vez han preferido comportarse como unos capitalinos de pro. Al mediodía se fueron de pic-nic con unas amigas a la pradera de San Isidro y por la tarde nos los encontramos inmersos en la marabunta que colapsa la Gran Vía con motivo del fiestón por su centésimo aniversario. "Sólo nos ha faltado vestirnos de chulapos, la verdad", se carcajea Tito, un muchacho de fulgurante mirada gatuna, "pero eso ya habría sido un cantazo. Ni siquiera cuando tuve un novio murciano consentí vestirme con el traje de huertano para las fiestas de su pueblo...".

Ambiente, para todos los gustos y colores, fue lo que menos faltó anoche en la centenaria arteria de la ciudad. Y ningún color tan predominante como el azul; azul corporativo, eso sí, como marcan estos malos tiempos para la lírica. Una vez que la policía cerró al tráfico la avenida, a las once de la mañana, una inmensa alfombra de esa tonalidad cubrió el asfalto desde la calle de Alcalá a la plaza de España.

La moqueta se extendía a lo largo de kilómetro y medio, con una superficie total de 30.000 metros cuadrados. A los madrileñitos de a pie, esos que a diario resisten carros y carretas, les pareció simpático el detalle: era como sentirse fugaces estrellas de Hollywood contoneándose por Sunset Boulevard.

Más de 200.000 almas recorrieron la avenida a lo largo de la jornada.

Borja y Tito, los amigos de la sierra, llegaban con la lección bien aprendida: y bajo ningún concepto se perderán "el flash mob de Callao". El cronista casi padece un vahído terminológico, pero siempre hay un alma caritativa dispuesta a sacarte de la inopia. El flash mob es un baile colectivo que el personal ensaya a partir de un vídeo distribuido por Internet. "Como el que se está preparando para exigir que Lady Gaga pase en diciembre también por Madrid y no sólo por Barcelona. Puedes apuntarte al grupo en el Tuenti". Bien está saberlo.

En la Gran Vía no tocaba anoche danzar al ritmo de Pocker Face, sino aprenderse la coreografía de I gotta feeling, el frenético llenapistas de Black Eyed Peas que se convierte ahora en un nuevo número de la obra 40. El musical. Y allí estaba el locutor Toni Aguilar, en su sempiterno papel de agitador de masas, animando a que el público le cantase el Cumpleaños feliz a la calle y participara en el bailecito.

Acababan de dar las nueve y el tumulto era tal que media docena de chavales se encaramaron sobre el ascensor del metro para divisar mejor el escenario. Sucedió sólo hasta que los policías municipales les persuadieron de que pusieran de nuevo pie a tierra.

Los trajes de chulapa y chulapo salpicaban la riada humana, pero nadie los lucía con tanto orgullo como los pequeñajos que divisaban la fiesta a hombros de sus papás. Desde tan arriba, el panorama se les debía de antojar delicioso: centenares de globos del musical Mamma mía!, animadores a las puertas del teatro Rialto o el cuerpo de baile de Chicago, gente risueña y guapetona, dejándose fotografiar con quien quisiera cogerlos del brazo.

Las tiendas de avituallamiento y souvenirs eran un hervidero, así que alguna, como la del número 33, decidió promover una oferta isidril: "Por la compra de 10 euros regalamos ¡un abanico!".

Maru López, una argentina de 36 años, se acercó a las siete y media por el escenario de la Red de San Luis para ver las evoluciones de sus paisanos del Buenos Aires Tango. "Lo mío no es nostalgia. Bueno, sí", se desdice, divertida. Suena Adiós, Nonino, la obra magna de Ástor Piazzolla, y la Gran Vía parece por unos instantes la avenida Corrientes bonaerense en plena efervescencia de la primavera. Los bailarines de I gotta feeling hacen virguerías, pero esos agarraos arrabaleros se antojan un prodigio en la historia de la danza popular. "La expresión vertical de un deseo horizontal", que decían los tangueros clásicos.

Por ese mismo escenario también asomará el clarinetista cántabro Nacho Mastretta, con un nuevo espectáculo, Bailes para plazas de pueblo, que otorga una dimensión insólita a clasicazos como La verbena de la Paloma o Desde Santurce a Bilbao. Pero algunos, precavidos, prefieren poner rumbo hacia la plaza de España, donde a las diez y media les espera el plato fuerte de la jornada: un concierto de homenaje a la movida que comparten Rafa Sánchez (La Unión), Nacho García Vega (Nacha Pop), Germán Coppini (Golpes Bajos), Nacho Campillo (Tam Tam Go!) y Mercedes Ferrer. García Vega tirita con 38,5 de fiebre, pero no parece intranquilo: "En cuanto suba allá arriba, se me cura", pronostica apuntando hacia el escenario.

Falta poco para empezar y en el camerino es hora de confesiones. "Me gusta pensar, como madrileño, que cuando celebren el segundo centenario rebuscarán en las hemerotecas y se encontrarán con este concierto", reflexiona García Vega. "De nosotros no se acordarán", le secunda Campillo, "pero sí de las canciones. Sería mejor la inmortalidad, pero... ¡es lo que hay!".

Los cinco permanecen en activo y publican material nuevo con asiduidad, pero saben que no podrán igualar ya el impacto de No mires a los ojos de la gente, Grité una noche o Espaldas mojadas. "Si nos vamos sin cantar Lobo hombre en París, nos ahorcan", asume el cantante de La Unión. Y Coppini balancea su cráneo rapado: "No me frustra, pero sí decepciona. Quiero pensar que los aquí presentes lo hacemos cada día mejor y tenemos más cosas que contar, pero la gente no es muy receptiva a escuchar repertorios nuevos...".

Con la plaza repleta, los cinco desgranan sus piezas más coreadas y terminan, al filo de la medianoche, con un par de momentos irrepetibles: las interpretaciones conjuntas de Chica de ayer, de Antonio Vega, y Gran Vía, de otro Antonio bien añorado: Flores. Para entonces, Borja y Tito han decidido prolongar la fiestuqui por las calles de Chueca. Quizás la madrugada depare todavía algún encuentro para la historia. Ellos aún son lo bastante pipiolos como para poder rememorarlo en el 150º cumpleaños de la calle.

Un baile de récord

Hasta ocho veces sonó anoche I gotta feeling por los altavoces de la plaza del Callao. Las cuatro primeras sirvieron como ensayo para que el público aprendiera someramente los pasos de la coreografía; las cuatro siguientes, para batir un récord de baile colectivo en el que la chavalería tenía por espejo a los bailarines de 40. El musical.

"La gente se ha terminado cansando un poco de la canción", admitía Elena, una de las bailarinas de 24 años, "y había tanta que los movimientos resultaban más aeróbicos que coreográficos...".

En cualquier caso, el tema de Black Eyed Peas se convierte en un aliciente adicional de 40 junto a la incorporación al reparto de Javier Godino, en sus horas más dulces tras hacer de malo malísimo en El secreto de sus ojos, la oscarizada película de Juan José Campanella.

Por lo demás, los congregados también pudieron rememorar el musical Hoy no me puedo levantar (que a la vuelta del verano regresa a la Gran Vía) con algunas de las melodías de Mecano que lo integran: La fuerza del destino, Maquillaje o Vivimos siempre juntos.

El mismo tema que Mercedes Ferrer interpretaría dos horas más tarde en la plaza de España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de mayo de 2010

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