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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

De noche todos los nazis son pardos

De noche todos los nazis son pardos. Y, de día, también. A estas alturas, ya casi nadie duda (ni siquiera los que se toman en serio las "justificaciones" de su devota amante Hannah Arendt) de que Heidegger fue uno de ellos. La polémica se centra en si esa condición afectó o no a su pensamiento. Es decir, si el autor de Ser y tiempo fue o no un filósofo nazi o, simplemente, sus devaneos políticos deben ser atribuidos a un pasajero entusiasmo juvenil (aunque cuando tocó poder pardo como rector tenía 34 años). Emmanuel Faye argumenta a favor de lo primero (y no siempre utilizando procedimientos metodológicos impecables) en Heidegger, la introducción del nazismo en la filosofía (Akal), un libro que cuando se publicó en Francia (2005) suscitó tal polémica que temblaron los cimientos de la Academia. Faye, a cuyo lado Víctor Farías (que había publicado en 1987 Heidegger y el nazismo, reeditado por Muntaner) resulta un tibio cazanazis, llega a sugerir que los libros del alemán constituyen un peligro, y que deberían ser retirados de las bibliotecas, lo que se parecería mucho, en todo caso, a lo que demandaban (y hacían, incluso quemándolos) los estudiantes del rector de Friburgo con las obras de autores "degenerados". Mientras los profesores discuten acerca de si el nazismo del filósofo contamina o no su filosofía, se multiplican las interpretaciones de una obra que, en todo caso, ha influido poderosamente en la filosofía del siglo XX. Y también en lo que no es filosofía. En Heidegger y su herencia; los neonazis, el neofascismo y el fundamentalismo islámico (Tecnos, 2010), Víctor Farías rastrea la huella del pensador en los movimientos fascistas, "criptofascistas" y extremistas de hoy, incluyendo entre ellos a los ecologistas radicales de Rudolf Bahro, a ciertos fundamentalistas islámicos (señalando las coincidencias entre Heidegger y Sayyid Qubt, mentor espiritual de Bin Laden) y al "neomarxista populista" y "antisemita radical" (¡sorpresa!) Hugo Chávez. En cuanto a la obra del pensador alemán, que al final de su vida parecía empeñado en devolver a la filosofía el hálito presocrático del lenguaje poético ("el Habla es la casa del Ser", decía), Herder publica ahora la interesantísima recopilación Pensamientos poéticos, que reúne tanto prosas líricas tempranas como cartas de amor, largos poemas filosóficos y apuntes poéticos tardíos en la onda de Desde la experiencia del pensar. A lo largo de ellos pueden rastrearse algunas líneas de fuerza del pensamiento heideggeriano, como ese sintomático primitivismo que tanto ha fascinado a los nacionalistas de toda laya y que quedó radicalmente expresado en una de las fervorosas alocuciones de 1933 (tengo subrayada la cita en El olvido de la razón, de Juan José Sebreli, Debate): "Cada pueblo encuentra la garantía primera de su autenticidad y su grandeza en la sangre, el suelo y el crecimiento corporal". Miren, es posible que sea un prejuicio, pero yo nunca concedería mi voto a nadie que tuviera un eslogan así en su programa. O a alguien capaz de sintetizar sus opiniones sobre el Holocausto como mero "efecto colateral" (aunque monstruoso) de la tecnología, el gran Satán de los antimodernos del pasado siglo. Por lo demás, les prometo que seguiré intentando escrutar lo indecible con ayuda de sus obras. A mí también consigue hipnotizarme de vez en cuando, como, a su muy diferente modo, hacen San Juan de la Cruz o Valente.

Coincidencia

Ya es oficial: el 28 de mayo, el mismo día que se inaugura la apoteosis gutenbergiana de la Feria del Libro de Madrid, se pondrá a la venta en España el iPad, la tableta destinada a convertir los convencionales lectores de e-books en pintorescos fósiles de nuestro asendereado mesozoico electrónico. No creo, sin embargo, que la coincidencia de fechas entre los dos acontecimientos se deba a una meditada provocación de Steve Jobs. Aunque lo cierto es que el presidente de Apple (55 años bien enfundados en jeans y camiseta de marca) se ha revelado como uno de los más formidables estrategas comerciales de lo que va de milenio, suscitando tales admiraciones que a algunos comentaristas sólo les ha faltado asegurar, como Hegel tras la entrada a caballo de Napoleón en Jena (1806), que reencarna "el espíritu del mundo". En todo caso, la rapidísima popularización de los nuevos soportes informáticos queda perfectamente reflejada en un cartoon de Ward Sutton publicado en The New Yorker que no me resisto a describirles. El dibujo representa el interior de una cabina de avión con todos sus ocupantes absortos en la lectura de libros electrónicos. El texto al pie (voz en off) dice: "Vamos a emprender el aterrizaje; por favor, apaguen sus libros". Por lo demás, los datos disponibles sobre la rapidísima propagación del último artilugio de Apple (más veloz que el virus de la ya casi olvidada gripe A) no pueden ser más contundentes: el iPod, puesto a la venta por la compañía en 2001, tardó 20 meses en alcanzar el millón de unidades vendidas; el iPhone (2007), 74 días, mientras que el iPad (abril 2010), que es el más caro de los tres, ha conseguido su primer millón a los 28 días de su lanzamiento. Menos mal que aquí, con la que todavía está cayendo (y no me refiero precisamente a la lluvia premonitoria -vaya mal fario- que cae de la nube de la sabiduría en el dibujo del cartel anunciador de la Feria del Libro), la gente se lo pensará dos veces a la hora de gastarse entre 479 y 779 euros (según modelos) en la tableta. Porque como cunda el ejemplo estadounidense y los lectores se lancen como locos al dispendio electrónico, veremos qué presupuesto les queda para esas divinas antiguallas que son casi irrompibles, pero arden si se les expone a una temperatura de 451 grados Fahrenheit.

Rumores

Cuando todavía eran novios Letizia y Felipe, circuló por el barrio de Salamanca de Madrid un panfletillo que aseguraba que la futura princesa era una persona tan caprichosa que, durante unas vacaciones caribeñas, había sido capaz de hacer venir de Miami un helicóptero con un cóctel que se le había antojado. Días después un vecino ultraderechoso me manifestó, basándose en aquella "información", su preocupación por el carácter voluble de quien podía llegar a ser "reina de los españoles". Algunos años antes, la misma persona se preguntaba si sería cierto, tal como "había oído", que en las posesiones territoriales de Felipe González -adquiridas con el dinero defraudado a los españolitos- prácticamente no se ponía el sol. Por absurdos que parezcan, todos sucumbimos alguna vez a los rumores, esos artefactos de desinformación que en el Antiguo Régimen se conocían con el hermoso nombre de "voces vagas". Rumorología, de Cass R. Sunstein (Debate), examina sus características y condiciones de diseminación, deteniéndose de modo especial en su adecuación a las convicciones previas de quienes los aceptan, respaldan y difunden. Un libro cuyas tesis ayudan a comprender, por ejemplo, los pánicos especulativos que contribuyen a que la Bolsa esté por los suelos, y a que en ciertos ambientes se dé pábulo a la filosofía del cuanto-peor-mejor que tanto fomentan determinadas terminales de la TDT.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de mayo de 2010