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Crítica:

La santidad como maldición

Basta contemplar las primeras imágenes de Estigmas, segundo largometraje del alicantino Adán Aliaga tras el notable y muy heterodoxo documental La casa de mi abuela (2005), para concluir que el cineasta no ha adaptado la historieta original de Lorenzo Mattotti, con guión de Claudio Piersanti, seducido no tan sólo por la fuerza de su sugerente, enigmática historia, sino también por la abrumadora fuerza de su estilo gráfico. La dirección de fotografía de Pere Pueyo logra encontrar una precisa traducción a los alucinados claroscuros de Mattotti.

El reparto, por su parte, parece haber contado con las viñetas del original como guía para encontrar parecidos más que razonables, tarea nada fácil si uno tiene en cuenta que Estigmas, el tebeo, opta por el registro de la distorsión expresionista. La película de Aliaga tiene, pues, la loable condición de declaración de amor a una obra sobresaliente. Desgraciadamente, en esa entrega también están algunas de las debilidades de la propuesta.

ESTIGMAS

Dirección: Adán Aliaga.

Intérpretes: Manuel Martínez, Marieta Orozco, Lourdes Barba, Morgan Blasco, Walter Cots.

Género: drama. España, 2009.

Duración: 98 minutos.

En Estigmas, Benito, un pobre diablo, alcohólico y en el umbral de la ruina, es tocado por la bendición (o la maldición) de las llagas sangrantes: la sobrenatural circunstancia le pondrá en movimiento, le convertirá en apestado y santo de pega, le permitirá conocer el amor y, finalmente, le hará alcanzar una dolorosa empatía con la muerte. Mattotti, primera figura de la historieta de autor europea, contó este relato con un margen de ambigüedad que Aliaga respeta, pero, como requiere la poética visual del milanés, no tuvo otro timón que la irracional libertad de su trazo.

El cineasta, por el contrario, ha levantado su película usando la historieta casi como una rigurosa partitura y el resultado se resiente. Tampoco ayuda que el campeón de lanzamiento de peso Manuel Martínez sólo pueda hacer justicia a la rotunda presencia física de Bruno, no a su tormentosa alma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de mayo de 2010