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Reportaje:PARA NIÑOS

Prohibido no tocar

Planetarios, parques sobre el jurásico y otros centros que explican la ciencia rompiendo la distancia entre objeto y visitante

Ese animal con aspecto de ratón, pero del tamaño de una oveja, es una capibara, el roedor más grande que existe. El público lo mira divertido mientras retoza sobre la tierra, decide darse un chapuzón y regresa, empapado y vago, a tumbarse como un turista en la playa. La capibara es típica de Suramérica, pero se la puede observar muy de cerca en el bosque sumergido de Cosmocaixa Barcelona, una gigantesca pecera de 1.000 metros cuadrados que recrea el hábitat amazónico y en la que hay ceibas y otros árboles sumergidos en unas aguas verdosas en las que los peces nadan entre las raíces. Si uno entra en el recinto acristalado, caminará entre aves y reptiles tropicales, y sentirá un intenso calor y humedad (incluso puede llovernos encima). El hábitat amazónico está tan bien recreado que muchas de las especies, sobre todo de pájaros (como el ave sol), empiezan ya a reproducirse. No hay mejor síntoma de adaptación.

El museo tiene un gemelo en Alcobendas, Cosmocaixa Madrid. En ambos centros hay una sala denominada "Toca, toca", para que quien se atreva acaricie a estrellas de mar, iguanas o a una fabulosa boa que cada lunes se desayuna un ratón y una liebre.

Museos sin vitrinas

Esto de tocarlo todo, que provocaría una buena reprimenda del guarda en un museo al uso, es algo fundamental en los de ciencia. El "prohibido no tocar" fue acuñado a principios de los años ochenta por Jorge Wagensberg, director científico de la Obra Social La Caixa. "Se trataba de abolir el concepto de vitrina que separa al visitante de la cosa", dice. "No sólo mostramos objetos, sino también fenómenos y metáforas. Todo ello sin renunciar a la belleza".

En efecto, los museos interactivos enseñan los fenómenos físicos, químicos y biológicos de manera directa, mediante salas llenas de artilugios manejables (bolas, poleas, luces que crean efectos ópticos, resortes, recipientes llenos de líquido) que permiten entender de primera mano cómo funcionan estos fenómenos.

Hay quien va más allá. En el Museo de la Ciencia Príncipe Felipe, bajo la arquitectura de Santiago Calatrava y Félix Candela, han pedido ayuda a los superhéroes de la Marvel para mostrarnos los entresijos de la ciencia: se aprende neurología del siempre cabreado Hulk, magnetismo con el malvado Magneto y genética con los mutantes X-Men.

Vienen los dinosaurios

Estaría bien tener superpoderes para defenderse de los dinosaurios que habitan el Museo Jurásico de Asturias, en Colunga. O de los que llegaron el pasado marzo al Cosmocaixa Madrid -donde se quedarán hasta enero de 2011- desde el desierto de Gobi (Mongolia). Se supone que estos últimos fueron embestidos por una repentina tormenta de arena que en unos instantes los cubrió por completo, razón por la cual sus esqueletos se han conservado perfectamente.

No son dinosaurios, pero en el Museo Nacional de Ciencias Naturales han abierto sus almacenes al público. En las renovadas instalaciones se puede ver parte de algunas colecciones de aves y mamíferos naturalizados del museo, que en total cuenta con 998 aves y 204 mamíferos.

Mirando las estrellas

Con tantas emociones fuertes, qué mejor que relajarse observando las insondables profundidades del cosmos proyectadas en el interior de una cúpula abovedada. Los museos de ciencias suelen disponer de pequeños planetarios, pero además existen grandes planetarios per se, entre los que destacan el Planetario de Madrid y el Planetario de Pamplona, donde, además de los clásicos programas para conocer las constelaciones y orientarse en el cielo, se ofrecen proyecciones (El universo de Julio Verne, en Madrid; La evolución y nuevas miradas al universo, en Pamplona), observaciones astronómicas al aire libre, cursos de introducción a estas ciencias, talleres infantiles...

Casi todos estos museos se toman muy en serio a los niños: "Aquí pueden experimentar directamente lo que aprenden en clase", señala Alejandro Fernández, director de Cosmocaixa Madrid. "Recibimos a multitud de colegios, ya que las actividades se ajustan al currículo escolar". Así, los niños comprenden por sí mismos que la ciencia puede ser algo asombroso y divertido. Algo que también se pueden aplicar los mayores. "Los adultos, para esto, son como niños", dice Manuel Toharia, director del Museo Príncipe Felipe. "Pretendemos crear curiosidad, no formar científicos -que la gente se pregunte cosas como por qué el cielo es azul-; formar personas con criterio propio a las que luego no se las pueda tomar el pelo".

Hay mucho más: como la Casa de la Ciencias de A Coruña, que fue el primer centro interactivo de titularidad pública; el Parque de las Ciencias de Granada, en el que destacan las enormes mariposas que revolotean por el mariposario tropical, o el Museo Geominero de Madrid, con sus colecciones de minerales, rocas y fósiles durmiendo el sueño del tiempo.

Guía

Información

» Cosmocaixa (www.lacaixa.es/obrasocial). En Barcelona, Teodor Roviralta, 47-51. En Madrid, Pintor Velázquez, s/n.

» Museo de la Ciencia Príncipe Felipe (www.cac.es). Autopista del Saler, 7. Valencia.

» Museo Jurásico de Asturias (www.museojurasicoasturias.com). Colunga (Asturias).

» Museo Nacional de Ciencias (www.mncn.csic.es). José Abascal, 2. Madrid.

» Casa de la Ciencias de A Coruña (www.casaciencias.org). Parque Santa Margarita.

» Parque de las Ciencias de Granada (www.parqueciencias.com). Avda. de la Ciencia.

» Museo Geominero de Madrid (www.igme.es/museo/). Ríos Rosas, 23.

» Planetario de Madrid (http://www.planetmad.es/). Avenida del Planetario, 16.

» Planetario de Pamplona (http://www.pamplonetario.org/). Sancho Ramírez, s/n.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de abril de 2010

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