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COLUMNA

Señor juez, me voy a Noruega

A los jueces, en España los conocíamos por las películas americanas en los tiempos del franquismo. Teniendo en cuenta que en aquella época, la de los 40 años de paz... de los cementerios, no había justicia no procedía conocer juez alguno (mas bien por tu bien) que no fueran aquellos jueces justos, aquellos otros borrachines, otrosí corruptos, de los westerns americanos intentando impartir justicia en un mundo salvaje. Luego conocimos a los jueces con pelucas extravagantes del mundo anglosajón, que recordaban a las no menos extravagantes cortes reales de los países poderosos, pero que sí impartían justicia, mientras aquí seguíamos sin conocer a los jueces (mas bien por nuestro bien), hasta que llegó la eclosión judicial, como una ola, que diría la Jurado (no me negarán que el recurso literario viene al pelo).

Pero el cambio judicial que acompañó a la democracia ha mejorado muchas, tantas, cosas: la primera que se haga justicia, o que se intente hacerla, cuando menos. Pero también el corporativismo, el estrellato y el servilismo político. Aterra leer que el juez Garzón pueda ir a la cárcel por el proceso sobre los crímenes del franquismo, acusado de prevaricación a instancias de una denuncia de la Falange. Nunca he tenido una especial predilección por el juez Garzón (entre otras cosas, porque no le conozco), que se me antojaba a mí un tanto disperso, cambiante, agobiante incluso. Pero que este adalid democrático, para la derecha, cuando investigaba el GAL y este perverso masón, para la derecha, cuando investigó la trama Gürtell, pueda acabar en la cárcel por investigar lo obvio, los crimenes del franquismo, me ha provocado un escalofrío descomunal. Por un momento, he pensado que España había retrocedido 40 años atrás, otra vez con la Falange apatrullando la ciudad y los jueces dictando sentencias por doquier.

No es así, pero lo que se se ha resentido es la escasa credibilidad del Poder Judicial, de la impartición de la justicia en este país tan generoso con las tramas corruptas -se admiten apuestas sobre el final de la trama Gürtell. Yo apuesto a la baja: un paganini, y el resto a casa- y tan exigente con sus asuntos propios, con sus venganzas particulares, con sus filias y sus fobias. Pero algo deberían saber, si les importa, los responsables de la judicatura: la credibilidad de los jueces es el verdadero termómetro de la democracia, porque la democracia es la justicia. Y la justicia se resiente cuando se permiten calamitas y se agobia a garzones. Tras el magnífico auto del juez José Castro sobre el caso Jaume Matas, se admiten apuestas sobre el final del asunto, cuando otro juez dicte sentencia La derrota de Matas se paga a la baja. ¿Y Rajoy? Ni está ni se le espera. Que hable Mayor Oreja e incendie otro patio. Definitivamente, me voy a Noruega.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de abril de 2010