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COLUMNA

Disparates

Las palabras son rehenes de nuestros prejuicios. Masticamos las palabras como si fueran chicle hasta convertirlas en una piltrafilla maleable, las chupamos y vaciamos de contenido. Y, como es natural, las más manoseadas, las más secuestradas, son siempre las Grandes Palabras. Quiero decir que los vocablos "cornucopia" o "repollo", por ejemplo, no se prestan a mucha discusión. Pero luego están todos esos conceptos rimbombantes que la gente pronuncia con mayúsculas, como si antes de soltar la Gran Palabra se subiera a un cajón. Y, por lo general, cuanto más énfasis le ponen, más traicionan su significado.

La Gran Palabra de moda últimamente es doble: Libertad de Expresión. Por todos los Santos, qué peste de término. Está en más bocas que los aparatos de ortodoncia y ha sido vaciado tan completamente de sentido que se usa para todo, desde las reivindicaciones del entorno etarra a las protestas de los partidarios de las descargas libres o los vagos manifiestos en defensa de no se sabe qué. En fin, no creo que sirva de mucho, la verdad, pero quisiera recordar que, primero, la libertad de expresión no es un principio absoluto: no ampara el enaltecimiento del terrorismo, por ejemplo, o la prédica de un imán aconsejando que se atice a las mujeres. Segundo: la libertad de expresión debe aplicarse precisamente con aquellos que opinan distinto de nosotros; apoyar a quienes piensan lo mismo no es libertad de expresión sino propaganda. Y tercero: la libertad de expresión consiste en que puedas manifestar libre y sonoramente tus ideas sin que ello te cueste la cárcel o la vida (como sucede en esa Cuba, en donde ahora mismo agoniza Fariñas en silencio), pero no es una patente de corso ni un blindaje para impedir que tus ideas sean criticadas por otras personas, que también son libres de expresarse. Pues no faltaría más. Qué disparate.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de marzo de 2010