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Crítica:

Vidas imaginarias

"Literatura e historia son dos ramas de la memoria", sostiene Doris Lessing, que narra en su nuevo libro la biografía de sus padres: quiénes fueron, pero también quiénes pudieron ser

La teología no admite la modificación del pasado, sola imposibilidad del Todopoderoso. La literatura, en cambio, más generosa, no sólo la permite sino que la alienta, hasta el punto de confundirse con los hechos sucedidos. Hoy no sabemos si Herodoto es el padre de la historia, como quería Cicerón, o de las mentiras, como lo apoda Plutarco. Aprovechando esta libertad literaria, hay escritores que no han querido resignarse a sus biografías y que, por el contrario, han decidido contarlas de otra manera, no atestiguada por documentos oficiales.

Doris Lessing, fiel cronista del desahuciado siglo veinte en memorias, novelas, relatos y hasta en una voluminosa saga de ciencia-ficción, quiso, en estos últimos años de su vida, contar la biografía de sus padres. No la estéril sarta de fechas y nombres que componen una vida enciclopédica, sino la vida que pudo ser, que hubieran querido tener si hubiesen podido elegirla. Es sabido que un hecho mínimo, a menudo imperceptible, determina nuestra suerte: abrir o cerrar una puerta, tomar hacia la izquierda o la derecha, responder o no al teléfono o leer o no una carta hacen que nuestra vida sea una y no otra. Lessing decidió volver atrás, a ese punto decisivo, y encausar a sus padres por una senda no tomada. Esta vita nuova forma la primera parte del libro; la segunda cuenta las vidas tal como ocurrieron en la realidad, con el apoyo de documentos y reseñas históricas. Así Alfred y Emily, sus padres, se desdoblan: son quienes fueron, pero también quienes pudieron ser, dejando sospechar al lector que estas dos no son las únicas posibilidades.

Alfred y Emily

Doris Lessing

Traducción de Verónica Canales

Lumen. Barcelona, 2010

324 páginas. 21,90 páginas

El resultado, traducido fielmente al castellano por Verónica Canales, es un maravilloso retrato de un mundo desaparecido, de ese limbo que fue la época eduardiana, una sociedad complaciente, ciega a los peligros que la acechan, inocente aún de la Gran Guerra. Lessing describe ese mundo dos veces, como un paisaje material y también como ese mismo paisaje reflejado en el agua: por un lado, la fluida, aventurosa vida soñada; por el otro, la vida sólida y concreta, gracias a la cual vino al mundo quien la narra.

En la versión imaginada, Alfred busca y encuentra la felicidad en el campo, en la Inglaterra rural, y son sus hijos, no Alfred, quienes son al fin llamados a luchar por su patria en las infernales trincheras de la Primera Guerra Mundial; Emily se casa muy joven con un médico prestigioso (el amor de su vida en el mundo real), pero su vida será no la de un ama de casa, sino la de una mujer independiente que, sin tener hijos propios, ayuda a los hijos de los otros, lucha contra la crueldad a los animales, funda escuelas innovadoras y, durante la guerra, crea refugios para mujeres y niños. Las vidas soñadas de Alfred y Emily se entrecruzan pero no se unen. La versión histórica es menos feliz. Alfred pierde una pierna durante el combate, se casa con Emily, y juntos emigran a Rhodesia donde, con poco éxito, instalan una granja. En los anteriores libros de Lessing, en la saga de Martha Quest por ejemplo, el retrato de la madre es poco halagador. En Alfred y Emily la cólera hacia esa mujer al parecer dura y frustrada en la vida real se atenúa y se convierte en una suerte de maduro respeto por su coraje y sus habilidades intelectuales. El retrato del padre, en cambio, tanto en la versión imaginada como en la vivida (y también en las ficciones precedentes), es patéticamente consistente. Alfred se llama el padre en el quinteto Los hijos de la violencia, y Alfred también en este último díptico, un hombre soñador, bucólico, resignado, algo torpe.

Lectores psicólogos sabrán explicar por qué la figura de la madre se transforma poderosamente en el universo imaginario de Lessing, y por qué la del padre permanece casi incólume; lectores menos severos apreciarán la sabiduría literaria de Lessing que consiste en reconocer en la constancia de un personaje la cruz del otro, la carga de la cual este último debe librarse para encontrar su voz propia y su carácter verdadero, mientras que el primero resiste testarudamente a los cambios que los circundan. Así, Lessing octogenaria corrige la versión de Lessing treintañera, de la joven novelista que declara odiar a esa madre fuerte y demagógica, y es ahora la madre, Emily, la que se revela la heroica luchadora, capaz de crear un hogar para su familia en medio de terribles dificultades, mientras que el padre dulzón y melancólico sobrevive bien que mal gracias a ella, quejándose al final de su vida: "A un perro enfermo se lo libera del sufrimiento, ¿por qué a mí no?".

"Literatura e historia son dos ramas de la memoria", declaró Lessing en una conferencia hace algunos años. Alfred y Emily es prueba de cómo ambas entretejen, por medio de las palabras, esa continua narración del mundo que llamamos realidad. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de marzo de 2010