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COLUMNA

Berroqueña

La realidad se tambalea. Esta sensación, más propia del guión de una peli de miedo que de la actualidad globalizada, me asalta casi a diario. En una mano, Obama sujeta el micrófono de cantar blues, en la otra, el de amenazar a Irán. Después del episodio de la foto-robot de Bin Laden, no deberíamos asombrarnos de nada, y sin embargo, otras prestigiosas instituciones parecen esforzarse por competir con la inverosímil chapucería del FBI. ¿Quién se habría atrevido a pensar, por ejemplo, que el Financial Times iba a disputarle al Gobierno de Zapatero el récord de los anuncios desmentidos?

La realidad se ha vuelto inestable, gelatinosa, tan precaria como un contrato laboral. La vicepresidenta Salgado, con toda su rubia fragilidad, se da un garbeo por la City de Londres y, en un par de horas, mete en cintura al oráculo de las finanzas mundiales. Un día estamos tan mal como Grecia, y al día siguiente, ¡ale hop!, tan mejorcitos como el Reino Unido. ¿Qué significa estar mal o estar mejor? Si contempláramos en una pantalla una escenificación de los artículos que leemos en los periódicos, a estas alturas ya estaríamos convencidos de que el Doctor No, si no el mismísimo Joker, ha extendido su mortífera villanía al ámbito de la banca internacional. Y tampoco andaríamos muy desencaminados.

Menos mal que nos queda la España eterna, monje y soldado, la castiza España de piedra berroqueña que no vacila en atizarnos un martillazo en el cráneo, cuando nos atrevemos a dudar de la consistencia de poderes más cosmopolitas. Mientras los portavoces del Tribunal Supremo recurren a términos calculadamente herméticos para explicar que el procesamiento de Garzón, a instancias falangistas, carece de matices ideológicos, recobro en un instante la cordura. La realidad existe, y es ésta. La conocemos tan bien, que nunca podríamos equivocarnos. Qué asco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de febrero de 2010