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Análisis:

Sin Garzón

Se pulen a Garzón. No se puede contar de otra manera. Son inextricables los recovecos legales por los cuales el asunto se desencadena. Los ciudadanos sabemos que es imposible entender la literatura judicial, de hecho pagamos a los abogados para que nos la traduzcan, así que sin entender nada aguardamos el momento en que Garzón ya no pasee por la Audiencia Nacional.

Los comentaristas políticos tendrán que sacarnos de esta confusión. Pero a los comentaristas de televisión es como si nos mataran al personaje principal del serial, como si los guionistas de Dallas asesinaran a J. R. Sacar a Garzón de nuestros telediarios es como matar a Chanquete, una tragedia para la ficción. Seguro que, como pasa en las series cuando le inventan una enfermedad terminal al personaje, detrás hay razones ocultas, como que por ejemplo el actor ha pedido un aumento de salario o se lleva mal con la protagonista o tiene una oferta de la competencia. Vaya a usted a saber.

A Garzón se lo pulen, lo van a matar con un tecnicismo. No sabemos cómo van a poder remediar los telediarios el enorme socavón que se va a abrir en sus escaletas. Porque Garzón ha sido un árbitro que remataba los córners, que lo mismo sacaba tarjetas rojas a los jugadores que a los presidentes de club, que expulsaba al graderío o que ordenaba detener al utillero. Que es conocido en el mundo entero por varias hazañas épicas, entre otras, la de obligar a Pinochet a sufrir arresto domiciliario en Londres y a tomar el té con la Thatcher, que es probablemente una de las mayores crueldades a las que se puede someter a un ancianito.

En la hemeroteca de nuestra vida Garzón ha interpretado todos los papeles. Ha sido el juez vengador, el héroe, la rata, el interesado, el ególatra, el odiado, el amado, el azote. Te acostabas por la noche con un editorial que lo machacaba y te levantabas por la mañana con un elogio encendido. ¿Cuál es el misterio? ¿De verdad su auto sobre los desaparecidos de la represión franquista le puede costar la salida de la serie? ¿Y no resurgirá de sus cenizas? ¿Acaso ha pedido un aumento? ¿Qué tenemos que hacer? No se entiende nada porque todo es una ficción judicial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de febrero de 2010