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COLUMNA

El periodismo

Celine expresó así su dilema: "Morir o mentir". Un irónico anotador añadiría: Y se dedicó, claro, a mentir como un genial bellaco. La literatura puede resistir muy bien la mentira, sobre todo si se miente de verdad. Incluso el periodismo puede sobrevivir a los mentirosos. Ryszard Kapuscinsky formuló la incompatibilidad química entre el cinismo y el periodismo, en el ya célebre manual Los cínicos no sirven para este oficio. La fórmula profiláctica era buena, pero la realidad es mejor: el periodismo no sólo soporta sino que tal vez necesita un porcentaje de cínicos. Los mejores periodistas que he conocido no pertenecían ni pertenecen al bando tramposo de los cínicos, pero éstos eran un estímulo imprescindible y unos maestros en algunos géneros, por ejemplo, a la hora de escribir obituarios para vivos y muertos. Hay elegías fúnebres muy sentidas, pero ninguna alcanza la calidad pomposa de un buen cínico. Por resistir, el periodismo puede resistir incluso a la fauna de los vejaministas, especializados en el boyante arte de la difamación, esos tipos que confunden sus regüeldos con voces del oráculo nacional, sin ni siquiera intentar emular la elevación de un post de Quevedo: "Bésame donde no me da el sol". Lo que no puede resistir el periodismo es la pereza de no hacer preguntas. Hace tiempo que llevo escuchando la misma observación crítica por parte de personas que comparten esa perplejidad: ¿por qué los periodistas aceptan acudir a supuestas conferencias de prensa donde se les impone la condición de no preguntar? Peor aún: ¿por qué los periodistas ya no hacen preguntas? Intento buscar una explicación. La más inquietante es que los periodistas, en España, estamos interiorizando la sensación de derrota del periodismo. Mientras, en los regímenes totalitarios, en 2009 ha aumentado el número de periodistas y blogueros asesinados, encarcelados o amenazados. No, no tenemos derecho a dejar de hacer preguntas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de enero de 2010