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COLUMNA

Copenhague y la economía

Tibios e insuficientes fueron los calificativos más utilizados para definir el final de la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático. Pero lo reseñable fue la división que se estableció de cara al futuro. No resulta fácil pasar a una economía basada en el ahorro de energía, en el desarrollo de fuentes renovables y de nuevos modelos energéticos menos dependientes de combustibles fósiles; ni tampoco llevar a cabo un mayor control de las emisiones de CO2 a la atmósfera y mostrar un significativo cuidado a los ecosistemas. Por eso, en Copenhague para algunos se han enterrado las esperanzas de un nuevo mundo; y para otros se han dado pasos, aunque tímidos, en la mayor concienciación del planeta.

La economía del medio ambiente puede dar respuestas convincentes al desarrollo humano

El hecho de no asumir objetivos ambiciosos, ni metas vinculantes y obligatorias hace que los resultados sean livianos y las incertidumbres de cara al futuro subrayen muchas dudas sobre el camino que hay que seguir a continuación. De ahí las preguntas. ¿Van a ser los países industriales los que impriman mayor celeridad en los esfuerzos de reducción de gases invernadero? ¿La implicación de dichos esfuerzos va a estar sincronizada con los países emergentes? ¿Pactarán China e India acuerdos globales? ¿Van a mantenerse durante mucho tiempo ententes EEUU-China-India para evitar dar pasos adelante? Son muchos los interrogantes, lo que significa que bajo esta nueva era Obama todavía no existe ni un consenso global, ni un pacto participativo amplio y transparente.

Estos datos se parecen mucho a la evolución de la economía y la ecología. La relación entre la actividad económica y los recursos naturales tiene sus raíces hace 12.000 años cuando emergen las primeras sociedades agrarias; y es en el siglo XX cuando eclosionan y se comparten objetivos comunes. Tanto es así que los fisiócratas (Turgot, Quesnay) apuntaban que la tierra era capaz de proporcionar recursos y de sostener económicamente a las sociedades a través de la utilización de las tierras agrícolas y a sus procesos económicos. La escuela clásica inglesa (Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill) fundamenta sus hipótesis en que el hombre domina a la naturaleza, debiéndose aprovechar de su fertilidad pero apuntando ritmos de explotación limitados y, en consecuencia, con resultados finitos. No prometen que sus explotaciones caminen hacia estados estacionarios o negativos como apuntaba Thomas Malthus al considerar que los medios de subsistencia no hacen más que progresar de manera aritmética, en tanto que la población lo hace de forma geométrica, es decir exponencial. Por eso, Malthus entrevé un choque de ambas tendencias. David Ricardo lo corrige y refina sus razonamientos por medio de los rendimientos decrecientes de las nuevas tierras puestas en explotación.

La escuela marginalista (Menger, Walras) libera a la economía de sus raíces terrestres y anuncian la posibilidad de un crecimiento perpetuo al ser testigos de la rápida industrialización del siglo XIX. Esto es, la tierra no aparece como un factor limitativo. Hay que esperar hasta los años 1920-30 cuando emergen nuevos análisis que muestran la incidencia de las actividades económicas sobre los recursos agotables y es entonces cuando las doctrinas medio-ambientalistas comienzan a poseer sofisticados fundamentos económicos. Hotteling, Ramsey, Pigou van dando repuestas a la explotación de recursos no renovables, a cálculos de actualización y a la utilización de instrumentos fiscales para modificar los comportamientos económicos, respectivamente Es decir, la ciencia económica integra criterios para explicar la fragilidad ecológica del modo de producción capitalista. No se admite aquella idea de que el crecimiento de la renta puede ser un proceso indefinido alimentado por el crecimiento de la población y por el stock de capital.

Los nuevos problemas derivados de los límites ecológicos se plasman en el informe Stern (2006) en el que las simulaciones del cambio climático y las tasas de actualización ponen en cuestión algunas hipótesis economicistas. Y una segunda línea argumental es que la irreversibilidad y la incertidumbre cuestionan, asimismo, ciertas tesis económicas. O sea, la economía se presenta como una ciencia de anticipación y con bases rigurosas para dar respuestas y para poder integrar la naturaleza como un factor limitativo. Georgescu-Roegen y H. Daly defienden la tesis de no se puede destruir indefinidamente el capital natural, puesto que no es reproductible; y de ahí, la apuesta por la biodiversidad.

En suma, la economía del medio ambiente dispone de herramientas sofisticadas para dar repuestas convincentes al desarrollo humano y a la sostenibilidad. En este sentido, es preciso adoptar tratados vinculantes para unificar los esfuerzos de todos los países en la misma dirección y con la misma intensidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de diciembre de 2009