Columna
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La hostia

Reconozco que, cuando me enteré del tremendo ataque sufrido por Silvio Berlusconi, lo primero que pensé fue: "Se le ha caído el pelo al pobre hombre, por un repente", y no me refería al líder recién despojado de su sonrisa. A continuación, me dije: "Qué bestialidad. Con lo fácil y pacífico que sería no votarle, y punto". En todo caso, habría que abofetear a quienes lo pusieron y mantuvieron en el poder, urnas mediante. Lo cual resultaría imposible, por demasiado ambicioso, violentamente hablando.

Enseguida, otro pensamiento me sobrejodió (pues el asunto era super jodiente, o cogiente, en términos del Cono Sur), y toda yo grité: "¡Oh, cielos! ¿Estará disponible el doctor Chams?". Supongo que no ignoran ustedes que dicho hombre mágico se encarga de los estiramientos, arreglos, botulencias, plastolancias y otros siniestros que acostumbran a tener como escenario la airosa figura del ex vocalista de cruceros.

No crean que debió de resultar fácil encontrar libre al doctor Chams. Aparte de atender su clínica en París, el tipo lo mismo estira a las grandes de España que a las grandes de Jordania, e incluso tiene tiempo de hacer obras de caridad con desconocidas -no sé si a 2.000 euros la hora-, generalmente aburridas amas de casa del Eixample, a quienes convierte en copias pleibiscíticas de Camila Parker-Bowles. No dudo que lo postergó todo por Berlusconi, como suele hacer cuando el italiano le requiere porque tiene campaña presidencial por delante y necesidad de sonreír con convicción. Si nos llegan a pegar a usted o a mí, a saber si el Seguro nos cubre una cara nueva.

Hay líderes a los que se asesina (los Kennedy, Olof Palme, Martin Luther King) y otros a los que se agrede levemente (Reagan, Bush Jr., Berlusconi). También podría ser que no existiera Dios. O que sí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 17 de diciembre de 2009.

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