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Necrológica:'IN MEMÓRIAM'

Juan Carlos Muñoz, futbolista argentino de la Máquina

Juan Carlos Tomate Muñoz, que falleció el 22 de noviembre a los 90 años a causa de un paro cardiaco, era el último superviviente de la Máquina, la famosa delantera del River Plate bonaerense, que quedó registrada en la historia como la mejor que dio el fútbol argentino. Nacido el 6 de mayo de 1919 en Avellaneda, al sur de la capital, llegó al equipo desde el modesto Dock Sud de la segunda división junto con Félix Loustau, y se convirtió en puntero titular de ese ataque que completaban Moreno, Pedernera y Labruna en el eje central.

Tomate Muñoz, apodado así por su rostro sonrosado y su bondad, era un extremo derecho de gran habilidad para la gambeta (regate), veloz y con mucho desborde. Y sus posteriores pases al centro tenían rematadores de mucho fuste, como los grandes que estaban a su lado.

"Cuando te la ponía al centro, era medio gol", dijo Alfredo di Stéfano

El Tomate era un extremo derecha con gran habilidad para el regate

Jugó en el River desde 1939 a 1950, convirtiendo 39 goles en 184 partidos. Envueltos en la leyenda, fueron bautizados como "los caballeros de la angustia", porque se divertían tanto jugando y combinando, que a veces tardaban en materializar su superioridad sobre los rivales con goles. Pero cuando éstos llegaban, venían previamente adornados con maniobras de gran relieve técnico que producían verdadera admiración en propios y extraños, creando escuela en los futuros equipos del River para siempre.

Cuando se fue Pedernera al Atlanta, Alfredo di Stéfano ocupó su lugar en el centro del ataque y le agregó voracidad al mismo. A tal punto, que salieron campeones en ese 1947 y la Saeta terminó como máximo goleador con 27 dianas. Jugaban de memoria, apuntalados por el toque señorial de Pipo Rossi desde el centro del campo, que surgió desde la tercera división junto a Alfredo, con su enorme físico, su vozarrón, su pisada sobradora y una enorme visión del juego. A Muñoz muchas veces le regañaban porque se entretenía en la punta derecha con la pelota, abusando de su habilidad, pero como recuerda Di Stéfano: "Cuando se iba del marcador y te la ponía al centro, era medio gol".

Muñoz pasó al Platense y allí finalizó su carrera. Pero no hay hincha argentino que no cite de memoria aquel ataque que quedó en la galería del recuerdo, y no retorne en las citas futboleras como el viejo perfume de un frasco destapado.

Cuando prevalecían el espectáculo, el potrero y la destreza en los profesionales con alma de amateur que hicieron la historia grande del fútbol argentino. Jugaban para ganar, pero ello iba ligado a la íntima satisfacción de adornar la hierba con paredes, gambetas y caños que los reconfortaban con su índole de muchachos de barrio, que plasmaban lo que antes habían hecho en la calle y en los descampados de suburbios a cielo abierto.

Cuando tenía más peso la pasión vocacional que el trabajo profesional recompensado. Porque, como hiperboliza Di Stéfano: "En mi barrio había 40 mejores que yo...". Juan Carlos Muñoz gambeteó hasta el final. Hasta que se fue de la cancha.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de diciembre de 2009