Crónica:SILLÓN DE OREJASCrónica
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Buenos libros para un mal año

En los últimos días he consultado casi una veintena de listas de los "mejores libros del año" publicadas en algunos de los principales suplementos y revistas culturales extranjeros. Si quieren hacerse una idea de su proliferación vayan a Google y compruébenlo en un par de golpes de tecla. La "retórica de la enumeración" (consúltese el muy navideño libro de Umberto Eco El vértigo de las listas, Lumen) se apodera de las páginas culturales de muchos medios en este diciembre tan tradicionalmente propicio al balance. Algunas listas no se conforman con consignar los mejores libros del año y, aprovechando que se acaban los noughties (los años con cero en las decenas), proponen a sus lectores un interesante ejercicio acerca de qué libros (o qué películas, o qué música) "definen" mejor el espíritu de esta década que ahora finaliza y en la que el terrorismo, la guerra, la crisis, el cambio climático y la apoteosis de la cultura de la celebridad han colonizado las primeras de periódicos serios y tabloides. Las listas de los "mejores" (o más "importantes") libros sirven para poco más que para registrar el coyuntural y momentáneo estado de opinión (y a veces de ánimo) de quienes las elaboran: son un juego útil y abierto a la polémica, al recuerdo, a la reflexión, al contraste. Para componerlas algunos periódicos recurren no sólo a escritores, críticos y periodistas culturales, sino también a celebridades mediáticas, a cuyas opiniones y gustos se atribuye un enorme valor suasorio (los interesados en la mecánica de la celebridad consultarán con provecho La fama. Iconos de la religión mediática, de Margarita Rivière, publicado por Crítica). Las listas tienen la obsolescencia inscrita en su mismo ADN metodológico (¿se acuerdan de cuando El acorazado Potemkin era la mejor película de la Historia del Cine?), pero ayudan a sugerir "ideas" para que cada cual se oriente/desoriente en la orgía general de consumo que se nos viene encima, por eso son útiles para el engrase del mercado. Sobre todo en un año como éste, en el que el negocio librero no está siendo como para lanzar cohetes y quedarse arrobado contemplando su estela. Esperando con auténtica ansiedad la lista que publicará Babelia en un par de semanas, abro boca con las extranjeras que van cayendo en mis manos. Bolaño y Marías son los autores hispánicos más citados en las listas anglófonas (2666, Los detectives salvajes y el último volumen de Tu rostro mañana han recibido auténticos ditirambos en la prensa británica y estadounidense). Entre los otros géneros, me llama la atención lo muy citadas que están las biografías literarias de John Cheever, Raymond Carver y Somerset Maugham (publicadas respectivamente por Knopf, Scribner y John Murray), y la recopilación de correspondencia The Letters of Samuel Beckett, 1929-1940 (Cambridge). Más cerca de nosotros, la mejor biografía publicada en Francia este año, según los redactores y críticos de la revista Lire, ha sido Gabriel García Márquez: una vida, de Gerald Martin (en español en Debate). Por lo demás, los editores españoles también han elaborado sus propias listas (interesadas): las encuentro cada día puntualmente en la bandeja de entrada de mi correo electrónico, que rebosa de mensajes ("urgentes") con el asunto "apuestas de Navidad", o similar. Y es que aquí quien no lista, vuela.

Celebridades

Confiesa el crítico y biógrafo Pietro Citati (de quien jamás me cansaré de recomendar su espléndido El mal absoluto: en el corazón de la novela del siglo XIX, Galaxia Gutenberg) que lo único que le interesa retener de las vidas de los escritores de los que se ha ocupado (y lo ha hecho de muchos, de Kafka o Tolstói a Goethe o Katherine Mansfield) son aquellos episodios que pueden ser considerados simbólicos para entender su obra literaria (¡si Barthes -reléase, por ejemplo, S/Z, de 1970- y demás partidarios posestructuralistas de la teoría de la muerte del autor levantaran la cabeza!). Llevado a sus últimas consecuencias, y desprovisto de toda consiguiente "ganga" biográfica, tal propósito llevaría a tratar a los escritores estudiados como si fueran personajes de ficción, lo que, sin ir más lejos, constituye el fundamento de esa estupenda colección de brevísimas biografías de "individuos calamitosos" -todos ellos autores, por cierto- que componen las Vidas escritas (1992 y 1999), de Javier Marías. Estos días de avalancha libresca prenavideña he recibido dos nuevos volúmenes que tratan de explotar ese pequeño filón editorial que son las colecciones de (breves) relatos biográficos de las celebridades literarias. El primero es Póquer de ases (Alfaguara), de Manuel Vicent, un volumen en el que se reúnen (ilustradas por Fernando Vicente) una treintena de "radiografías" de escritores españoles y extranjeros de primera fila, tratadas desde un peculiar punto de vista de insider, de colega más o menos irónico y distante que conoce bien los abismos y cumbres del oficio. El otro es 44 escritores de la literatura universal (Siruela), de Jesús Marchamalo (caricaturas del pintor Damián Flores), una muy entretenida colección de viñetas biográficas de escritores europeos y norteamericanos de los siglos XIX y XX que se leen como relatos instantáneos y cuyo hilo conductor es ese "rasgo" peculiar y siempre diferente que, según el autor, define a cada persona. Ambos libros, compuestos desde la cercanía del periodismo, son también, a su modo, sugestivas (e irresistibles) invitaciones a ulteriores lecturas.

Ahorro

Según estimaciones de la auditoría KPMG realizadas a partir de los balances de 199 editoriales francesas representativas, la rentabilidad media de la edición en el país vecino descendió casi un punto porcentual (del 9,4% hasta el 8,5%) en el año 2008. Aparte de la envidia que produce el hecho de que allí puedan realizarse estudios de este tipo, lo cierto es que entre nosotros las cosas tampoco deben de haber ido mucho mejor. La necesidad de evitar la erosión de los beneficios y mantener márgenes ha provocado diversas reacciones en las editoriales españolas: desde ajustes de personal a lo grande (no sería de extrañar que en algún grupo mediano que ya ha padecido su ERE se "completaran" los despidos después de fiestas) hasta simples ahorros que se me antojan el chocolate del loro y que no contribuyen a la buena imagen de los sellos. Me refiero, por ejemplo, a la manía de sustituir el tradicional cosido de los libros por el más cutre y endeble método del fresado, lo que hace más precaria su lectura, especialmente si son gruesos. Eso se aprecia, por ejemplo, en La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina (Seix Barral, 24,90 euros), un (estupendo) tocho de casi mil páginas que resulta difícil abrir con comodidad sin temor a la lluvia de páginas. La manía ahorradora afecta incluso a editoriales tradicionalmente cuidadosas con la solidez de sus "productos": Invisible, de Paul Auster, un previsible best seller (de qualité) de Anagrama (17 euros), tampoco viene cosido. Si lo que se desea es dar (más) bazas al libro electrónico, lo mejor es que todos se pongan a ahorrar por este camino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 12 de diciembre de 2009.

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