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COLUMNA

Marionetas

Cualquier pensamiento, sentimiento, palabra o acción que realiza una persona viene precedido por un impulso eléctrico de las neuronas. Entre ese impulso y su manifestación exterior existe una fracción de tiempo que, por mínima que sea, es suficiente para que el resto de nuestro cuerpo se comporte como una marioneta. Robot es una palabra checa que significa esclavo. En el cerebro se agita el hilo adecuado e inmediatamente después uno piensa, siente, desea, habla, abre los ojos, cierra la boca, mueve las extremidades mecánicamente de forma articulada. Aunque el cerebro de cada individuo dirige su robot con una aparente libertad de movimientos, puede que en realidad no sea así, puesto que todos los cerebros humanos están de algún modo conectados a una sola red. La humanidad contemplada de forma unitaria consiste en una cantidad de miles de millones de muñecos colgados de esa red que bailan al mismo son sin salirse del pentagrama. Cualquier cosa que pienses, desees o hagas, en ese momento lo está pensando, deseando o realizando un número incalculable de seres con gestos semejantes accionados por un mismo impulso universal. Cualquier crimen que uno imagine, lo está cometiendo alguien en ese instante en algún lugar del planeta. Cualquier acto de heroísmo, de amor o de locura, por muy extraño que sea, lo está llevando a cabo una legión de gente al mismo tiempo. Este baile convulso de marionetas va desfilando hacia la muerte sin detenerse nunca. Se puede imaginar que el desfile lo abren los científicos y lo cierran los poetas. Los científicos tratan de vislumbrar en la oscuridad, que se extiende por delante, leves e inciertas esperanzas de felicidad. Por su parte, los poetas se alimentan del detritus que la humanidad va dejando atrás y tratan de transformar en belleza el estiércol de los sueños nunca realizados y también de todos los crímenes que han sido capaces de cometer las marionetas. Los esclavos nunca dejan de bailar ciegamente, camino del acantilado, bajo el látigo de clérigos fanáticos, de conductores mesiánicos del pueblo e incluso de simpáticos vendedores de peines. Nadie conoce el germen de ese impulso universal que mueve los hilos, pero sin la robótica no se entiende la libertad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de diciembre de 2009