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COLUMNA

Los poetas

Esta semana se han celebrado en Andalucía dos homenajes a poetas decisivos. En Córdoba, escritores y críticos valoraron la obra de Pablo García Baena, una de las voces más importantes de la literatura española actual. En Granada, al cumplirse los 10 años de su muerte, el Ateneo organizó unas jornadas de recuerdo a Javier Egea, otro poeta fundamental. Las consideraciones filológicas, los versos y la reunión de amigos han servido para evocar al autor de Paseo de los tristes (1982), el libro que quiso buscar la sentimentalidad diferente que hiciese posible una sociedad más libre y más justa.

Conviene escuchar a los poetas, porque su tarea no es sólo un ejercicio de palabras exactas y bellas. Bajo la estética, ya sea culturalista o callejera, barroca o cotidiana, hay una meditación honda sobre el ser humano, un esfuerzo por entender qué significa la vida en cada tiempo, qué sentido tienen palabras como mujer, hombre, amor, sexualidad, miedo, futuro, pasado, libertad, injusticia o dignidad. Las prisas de la existencia y el amarillo polvoriento de las costumbres dejan pocas oportunidades para pensar en los fundamentos de nuestras ideas y nuestro corazón, en las cosas importantes de nuestra vida. Los poetas piden tiempo para tomarse en serio palabras como amistad, deseo, responsabilidad, ojos, boca, manos, reloj, ayer, mañana, tú, yo y nosotros.

Cuenta Santiago Carrillo en sus memorias que los dirigentes del Partido Comunista en el exilio buscaban en las revistas y los libros de los poetas indicios que ayudasen a comprender la realidad del país perdido. Al introducirse en España para organizar la resistencia, lo primero que hizo Jorge Semprún fue entrar en contacto con Vicente Aleixandre y Eugenio de Nora. Los versos son un refugio, pero los militantes clandestinos saben que el refugio es una forma de soledad cómplice, un lugar que favorece la resistencia y las luchas reales.

La verdadera biografía de los poetas hay que buscarla en sus poemas. Siempre pienso en Pablo García Baena con la dignidad de aquel Antiguo muchacho (1950) que buscaba en un atlas las siluetas y los nombres de países lejanos para huir de la España sórdida, de la nación oscura que reprimía las libertades públicas y los deseos más íntimos. Los libros fueron un refugio, un mundo compartido con nombres de lucha como Góngora, Juan Ramón, Cernuda, San Juan o Galdós. El universo interior de Pablo, su vocabulario estético y sus imaginaciones, nos ayudan a conocer una España de carne y hueso que pasó de las citas clandestinas en la oscuridad de un cine a la libertad vital de los años 80.

La democracia supone algo más que la convocatoria de elecciones. El aprendizaje de la libertad se relaciona con el deseo, las costumbres, el modo de vivir el amor y la soledad, la forma de mirarse en un espejo o de cruzar la noche compartida con otros. Los poetas panfletarios no llegarán nunca a comprender hasta qué punto la educación sentimental de la democracia española tiene que ver con los otoños, los meses de junio, los ángeles y las rosas de Pablo García Baena.

Por eso Javier Egea se empeñó en luchar contra el capitalismo a través de la búsqueda poética de una sentimentalidad distinta. La distinción ideológica entre lo público, lo privado y la intimidad, no significa que el poder se quede en la puerta de la calle. El amor y la sexualidad, como las huelgas generales y las constituciones, son también una forma de compromiso, un territorio para luchar por la emancipación. En los primeros años de la democracia, mientras España se instalaba en las costumbres del capitalismo desarrollado, Javier quiso buscar otro modo de sentir. Los poetas exquisitos no sabrán nunca hasta qué punto el compromiso político de Javier fue un ejercicio radical de intimidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de noviembre de 2009