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Reportaje:

Una fuerza en la sombra

Conservadora y hermética, la Condesa fue la mujer más poderosa de Galicia

Su mesa de trabajo estaba presidida por una foto de su marido, un crucifijo, una biblia y los balances de los grandes bancos. Si el entorno define una personalidad mejor que los ditirambos que llenan las necrológicas, éste era el de Carmela Arias y Díaz de Rábago, condesa de Fenosa. Una mujer con una mala salud de hierro que rozó los 90 años, consagrada a la memoria y a los sueños de su marido, de convicciones claramente conservadoras, y que hizo de su fragilidad un arma.

Carmela Jesús Petra Josefa Ramona Diega Arias y Díaz de Rábago nació el 20 de febrero de 1920 en la Ciudad Vieja coruñesa. Los Arias procedían de Monforte y los Díaz de Rábago, de Pobra do Caramiñal. Una familia con más abolengo que patrimonio, sobre todo comparada con sus parientes, los Barrié Pastor, representantes de aquella clase de consignatarios gallegos que hicieron fortuna a finales del siglo XIX con los pasajes de emigrantes a América. De hecho, fue Pedro Barrié de la Maza, Perico, el que determinó que su sobrina segunda, Carmela, con 33 años, fuese operada en Suecia de la enfermedad pulmonar que le impidió estudiar arquitectura y amenazaba su vida. Doce años después, fue ella la que cuidó al viudo Pedro Barrié cuando sufrió un infarto. Se casaron al año siguiente, 1966.

Carmela Arias quedó viuda en 1971, y construyó un personaje, una presencia enlutada, sombra de la figura y la obra de Pedro Barrié, durante casi 40 años. Una sombra tan alargada que ocultó la personalidad que sin duda debió tener una mujer que, recién enviudada, "convivió desde la presidencia del banco con tormentas que golpean los hasta entonces buques insignias de Barrié. El primero, Astano", según analiza Julián Rodríguez, colaborador de este periódico, en el libro Señores de Galicia. "Conocía la evolución y los detalles de los negocios de su marido, y le aconsejaba", asegura Xoán Carmona, catedrático de Historia Económica, que la trató para completar sus estudios sobre la industrialización de Galicia. Lo que no sabía, lo preguntaba. Durante bastante tiempo, sus consejeros áulicos en asuntos financieros fueron los Valls Taberner, asegura otra fuente.

La discreción del personaje y la sombra de Barrié eran tan extremas que hasta pasó desapercibido el hecho de que el título de condesa era suyo y no heredado. Le fue otorgado de nuevo por los Reyes, porque el de su marido se extinguió con él. Sólo veía a la prensa en el tradicional besamanos posterior a las juntas de accionistas. Carmela Arias concedió dos entrevistas en vida, y para hablar de su marido. En ellas no disimulaba la estrecha relación que Pedro Barrié tenía con Franco, al que protegió cuando todavía era un general de la República, y con el que no se reprimía a discutir a gritos que llegaban a los oídos de sus respectivas esposas en el Pazo de Meirás (cuya entrega al dictador fue iniciativa del banquero).

"Pedro era más liberal", decía la condesa, que también, según varias fuentes, reconocía aspectos polémicos que otros en su posición no hubiesen admitido comentar. Desde el negocio del wolframio -que se vendía al ejército alemán- como fuente del despegue del grupo en los años 40, hasta la oposición de los afectados por los proyectos del grupo, fuese el embalse de Portomarín o la central nuclear de Xove. "Entendía que el objetivo heredado de su marido de la industrialización de Galicia exigía sacrificios, para ellos o para los demás", comenta Carmona.

El sacrificio final para ella fue contemplar cómo se iba desvaneciendo aquella gran corporación industrial que tuvo Galicia y las tensiones familiares generadas por no poder repartir entre sus dos sobrinos, Vicente y José María, las presidencias del banco y de la fundación, como dicen que era su deseo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de noviembre de 2009