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Reportaje:Fase clasificatoria para el Mundial de Suráfrica 2010

El alma en vilo

Los dos países vivieron el duelo con tensión y sufrimiento

El embajador argentino en Montevideo estaba ayer furioso: "Estamos a punto de traspasar la delgada línea que separa lo sublime de lo ridículo", dijo ante los micrófonos de una radio porteña. El diplomático no sabía cómo explicar a los uruguayos que el paso fronterizo de Gualeguaychú, que los argentinos mantienen cerrado desde hace nada menos que tres años, se abriera unas horas para dejar pasar a los hinchas que iban a ver el partido de la selección y evitar así que tuvieran que dar un rodeo. "¿Y por qué no dejar pasar a un familiar para ir a ver a su primo o a un amigo, o por qué no dejar pasar a un señor que trabaja?", se fue calentando el embajador. Seguramente tenía razón en que "no hay antecedente mundial de que un puente internacional esté cortado por tres años", pero, desde luego, no en comparar la solidaridad que provoca un señor que visita a su primo con la que suscita el compañerismo futbolero y el ansia de empujar a la albiceleste en su momento más comprometido. Lo más probable es que el puente siga como estaba.

El partido contra Uruguay estuvo rodeado de toda la parafernalia de los encuentros agónicos. Uno de los ayudantes de Maradona, Miguel Ángel Lemme, se lio a bofetadas con un periodista uruguayo empeñado en sacar alguna declaración al poderoso presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Julio Grondona. Los aficionados uruguayos cumplieron también con el teatro previsto y procuraron entorpecer el sueño de los jugadores argentinos explotando petardos junto al hotel en que dormían. Nada grave porque el ruido casi no se oía en las habitaciones.

Montevideo y Buenos Aires están separados por el Río de la Plata, unos 200 kilómetros en línea recta (aunque por carretera son más de 500) por lo que comparten muchas cosas, no sólo historia y el tango, sino también el clima. Quiere decirse que ayer fue un día destemplado en las dos riberas y en las dos ciudades. Aunque quizás el frío se sentía un poco más en la capital argentina, con el alma en vilo. En Uruguay hay entusiasmo, en Argentina, tensión, pregonaban las radios y televisiones.

A las seis de la tarde ya quedaban pocos ciudadanos por las calles de la capital. Para favorecer el tráfico, habitualmente muy complicado, los piquetes de la empresa Kraff, que llevan días volviendo loca a la ciudad, anunciaron que no cortarían esta vez el tráfico en la Panamericana (gran vía de salida hacia el conurbano). Los "muchachos", como se les conoce en Argentina, se merecen ver el partido, ¿no?, explicaba, resignado, el conductor de una furgoneta de reparto "atrapado" esta semana en dos "cortes" monstruosos. La selección es una pasión nacional, compartida sin vacilaciones ni reparos, por más que en esta ocasión fueran muchos más los que confiaban en Bielsa (seleccionador chileno) que en Maradona. Los argentinos, dicen ellos mismos, tienen claras pocas cosas. Pero de dos están completamente seguros: nadie se ríe ni con el fútbol ni con el tango. Ayer era un día para sufrir hasta el final en toda Argentina y Uruguay.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de octubre de 2009