DON DE GENTES | OPINIÓNColumna
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"Violación violación"

Cuántas veces debería uno callarse antes de soltar una tontería. No verse abocado a expresar una opinión inmediata. Al menos yo me siento muy insegura de mis convicciones. En algunas de mis columnas incluiría la advertencia: "Esta columnista no se hace responsable de sus opiniones". He pensado mucho sobre esto en los últimos días. El caso Polanski, un caso que atufa nada más asomar la nariz en él, es un buen ejemplo de lo sabio que es contenerse en ocasiones. Recordé aquel 2002 en que la gran familia de Hollywood dedicó una emocionada ovación al director cuando fue premiado por su trabajo en El pianista. La propia naturaleza de la película, la narración de un músico aislado y escondido en el gueto de Varsovia, ese dramatismo contenido que dejaba sin aliento al espectador, se unía en esos momentos al amargo designio que había perseguido Polanski desde su nacimiento: la muerte de su madre en Auschwitz, su niñez errante, el asesinato de su esposa embarazada y, para rematar, una acusación desproporcionada de abuso sexual que obligó a nuestro hombre a vivir expulsado de ese país que tanto debería agradecerle. Lo confieso: yo también me emocioné con el aplauso, ¿cómo no pensar que es injusta una acusación de orden sexual si procede del país de la moralidad hipócrita, la pena de muerte, las reclusiones desproporcionadas y un sistema de justicia siempre dispuesto a favorecer a los más ricos? En aquel 2002, mi aplauso casero, simbólico, pero no menos entregado, fue para Polanski. ¿Cómo creer que la misma persona que había dirigido El pianista iba a abusar de una niña? ¡Acordémonos de Chaplin! Por fortuna, no escribí nada de lo que luego tuviera que avergonzarme. No solté, por ejemplo, esa perla que pronunció Whoopi Goldberg al hilo de la detención del director: "No se puede considerar 'violación violación' a lo que hizo Polanski". La frasecilla de la señora Goldberg ha recorrido el mundo. La señora Goldberg es, sin duda, una amante de lo clásico: el "violador violador" debe acechar a las niñas en los descampados y retenerlas a la fuerza. Lástima que el concepto de violación se ha ampliado enormemente, hasta el punto de que, según las estadísticas, hay más violadores violadores dentro de las casas de las víctimas que en la calle. Las menores son presas fáciles. El caso Polanski es feo. Feo porque ha retratado al mundo de la cultura de una manera que al público, los no artistas, no le ha gustado. La detención ha refrescado lo que ocurrió aquel día de 1977 en casa de Jack Nicholson, y esa simple narración de los hechos ha convertido el capricho de un cineasta genial en el delito de un hombre común. Nos retrata, sí. Este periódico, como otros, preguntaba a los cineastas por su opinión. Esto vendría a ser como si de la violación perpetrada por un taxista tuvieran que opinar los taxistas. Me vale más, al menos en este asunto, el juicio de un abogado que tenga nociones de derecho internacional. Pero así es, te preguntan y te sientes obligado a decir algo (conozco la sensación), te piden que te signifiques y lo haces, como ese director que dijo: "Me parece indignante, aunque no estoy muy informado del asunto". De esta manera, sus palabras se convirtieron en una defensa gremial inaceptable. Lo que pretendía ser progresista se convertía, por un amor ciego a tu pertenencia al grupo, en reaccionario. Y eso es lo que el público ha captado, haciendo que hasta el pueblo francés, tan acostumbrado a que sus artistas renombrados tengan un trato preferencial con la justicia, se revele en encuestas y en blogs y deje en ridículo a Frédéric Mitterrand, ministro de Cultura, que tan pomposamente habló de "esa América generosa que nos gusta y esa otra, temible, que aquí ha mostrado su rostro". Hay que pensar lo que se escribe, lo que se dice, lo que se firma, sujetarse la mano antes de añadir tu nombre a un manifiesto, sopesar si con tu apoyo estás perpetuando un privilegio, desequilibrando la justicia, ofendiendo a algunas mujeres y haciendo creer al acusado que él es la víctima. Polanski ha tenido una vida azarosa, cruel en ocasiones, pero también fue elegido por la estrella de la suerte. No se puede decir que en estos treinta años que ha esquivado la justicia haya sufrido un estigma, ni carencias, ni padecido la falta de cariño de sus compañeros de oficio. Muy al contrario: ha disfrutado el rango de un refugiado político, no del montón, sino de la sección VIP. La piedad hacia él no tiene que surgir por el sufrimiento de su madre, ni por el asesinato de su esposa ni por la admiración hacia su obra, la piedad (humana, no judicial) nace ante la contemplación de un viejo que no representa peligro alguno para la sociedad. Samantha Geimer, la niña de la que él abusó, ha dicho: "Era alguien no acostumbrado a que le dijeran que no". Las personas comunes quieren que ese NO con el que ellas lidian a diario sea extensible a los privilegiados. Tan sencillo como eso. No vale que la víctima perdone. Un juicio no es una negociación entre la víctima y el acusado, ni un intercambio de cheques, como vergonzosamente ocurre en América. El hecho de que hubiera habido dinero de por medio no convertiría a Polanski en inocente, sino a la familia en cómplice.

El caso Polanski es feo porque ha retratado al mundo de la cultura de una manera que al público no le ha gustado
Antes de añadir tu nombre a un manifiesto hay que sopesar si estás ayudando a perpetuar un privilegio
El director de cine Roman Polanski, durante una charla en Potsdam (Alemania), en febrero de 2009.
El director de cine Roman Polanski, durante una charla en Potsdam (Alemania), en febrero de 2009.REUTERS

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 11 de octubre de 2009.

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