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La izquierda atrapada

Las elecciones alemanas han confirmado el desmoronamiento del socialismo europeo. En Alemania, como en Francia, como en Italia, como en Reino Unido -donde Brown vive patéticamente los minutos basura del mandato- la izquierda de raíz socialdemócrata ha perdido la hegemonía en la lucha ideológica y, en su desconcierto, ha sido incapaz de capitalizar una de las mayores crisis del capitalismo. En España, los socialistas gozan todavía del valor añadido del poder que les permite disimular sus carencias, pero dudo de que si estuvieran en la oposición tuvieran discurso que oponer a la nueva corrección política, que ha hecho del dinero la medida de todas las cosas. Y deben estar agradecidos al sector más reaccionario de la derecha española, con la Iglesia al frente, que lastra al PP y da vidilla al Gobierno al rechazar unas propuestas en materia de derechos civiles que cualquier derecha europea hubiese asumido.

La anemia generalizada que ataca a las izquierdas tiene mucho que ver con la incapacidad para mantener en primer plano la cuestión de la igualdad (o su reformulación por la vía del reconocimiento), razón de ser de la izquierda; de conectar con los nuevos sujetos del cambio, que son muy distintos y mucho más dispersos que en el pasado; y de generar alternativas realmente posibles aprovechando las diversas posibilidades de conjugación del capitalismo. Y aquí es donde la izquierda se ha puesto en evidencia: ha sido incapaz de dar el más pequeño empujoncito para que se saliera de la crisis con un modelo distinto del que se entró.

En la política española abundan los ejemplos de la sumisión ideológica de la izquierda. Desde el Gobierno socialista, por ejemplo, se ha justificado el peso del gasto social en los nuevos presupuestos porque contribuye a evitar el conflicto. Me parece una preocupación muy loable. Pero la izquierda debería tener una razón mucho más importante para defender la protección social: que es de justicia, simple y llanamente. ¿Por qué se busca un argumento de derechas para justificar una decisión de izquierdas? Lo mismo ocurre a menudo con la inmigración. Se justifica su presencia entre nosotros porque contribuyen al progreso económico del país. Me parece muy bien, pero además de trabajadores son personas que tienen derechos, por ejemplo, el de buscarse la vida cómo y dónde quieran.

Tal es el peso de la hegemonía ideológica conservadora que todo el espectro político ha criticado la multimillonaria pensión con que ha sido premiado el número dos del BBVA, José Ignacio Goirigolzarri, con el mismo argumento: es inadmisible en tiempo de crisis. O sea que, sin crisis, barra libre. Moraleja: también para la izquierda lo escandaloso no es la cosa en sí, sino la inoportunidad. Lo cual no dejaba de ser previsible dado que buena parte de la política del Gobierno socialista está fundada en la imagen y en las apariencias. Hasta tal punto que Zapatero no ha tenido ningún empacho en reiterar y enfatizar que la subida de impuestos recaería sobre las rentas más altas, cuando, a la vista de los números presentados por la ministra Salgado, ella misma ha tenido que reconocer que pagarían, como siempre, las clases medias y los asalariados. Harry Frankfurt tiene razón: los políticos no mienten, sólo que la verdad no forma parte de su horizonte mental.

Pero en los presupuestos del Estado recién presentados hay algo mucho más sangrante: la renuncia absoluta a cualquier idea de alternativa. Después de tanto tiempo anunciando una legislación para una nueva economía que nunca acababa de precisarse, llegan los presupuestos y se pone en evidencia que no se concretaba porque no se tenía nada que concretar. Cultura, educación e investigación están entre las partidas que más caen en el presupuesto que el Gobierno ha preparado. Queda claro que los socialistas españoles tampoco consideran la cultura como un bien de primera necesidad. Pero más grave es que olviden que, si la palabra igualdad significa todavía alguna cosa, la cultura y la educación son una de las pocas vías mínimamente efectivas para reducir las enormes desigualdades sociales. ¿Cómo puede hablarse de alternativa, de salida reformista de la crisis, si se castiga la educación y la investigación?

Si Obama, como escribe Garry Wills, es un "gigante atrapado" entre las imponentes estructuras del poder americano, no debe sorprendernos que Zapatero esté enredado en la telaraña del poder económico hispano. A veces, la quimera del éxito bloquea la voluntad de luchar por el cambio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 04 de octubre de 2009.